lunes, 7 de marzo de 2011

CONSTITUCION DE 1837

La Constitución de 1837 fue fruto de la crisis del Estatuto Real, y sobrevivió dificultosamente hasta su derogación definitiva por la Constitución de 1845. El enfrentamiento entre moderados y progresistas impidió la normal y sosegada aplicación de las reglas del Estatuto Real, 10 cual condujo al Motín de los Sargentos de la Granja en agosto de 1836, que forzó a la Regente María Cristina a restaurar la Constitución gaditana de 1812, y a que se constituyese un nuevo gobierno de corte progresista, poniendo fin a la breve existencia del Estatuto Real, cuyo epitafio escribió Larra: " vivió y murió en un minuto". 
La promulgación de la Constitución de 1812 admitía las modificaciones que el paso del tiempo pudiese hacer necesarias. A tal efecto, unas nuevas Cortes, elegidas expresamente con el carácter de constituyentes en octubre de 1837, iniciaron los preparativos de la reforma constitucional. El primer paso fue la creación de una comisión presidida por Argüelles, cuyo prestigio personal como destacado miembro de las Cortes de Cádiz sirvió para silenciar a quienes desde la ortodoxia doceañista se atrevieron a cuestionar el sentido general o la profundidad de las reformas. La comisión elaboró unas bases que sirvieron para adoptar unos acuerdos esenciales que permitieron la redacción del texto constitucional. Las plumas de Argüelles y del joven secretario de la comisión, Salustiano Olózaga, entre otros, alumbraron un proyecto que las Cortes aprobaron por amplia mayoría.
La Constitución de 1837 fue obra de los progresistas. Sin embargo, no es menos cierto que se trataba de un texto conciliador, que aceptaba la incorporación de algunos postulados del partido moderado, tales como la existencia de una Cámara Alta o que los miembros del Ejecutivo perteneciesen al Parlamento, en vez del unicameralismo y la división de poderes pura que establecía la Constitución de Cádiz.
En coherencia con su génesis, los principios de la Constitución de 1837 se inspiraron en los de la Constitución de 1812, sin perjuicio de toda una gama de matices diferenciadores propios, tanto en la parte dogmática como en la orgánica.
Mientras que la Constitución de Cádiz había proclamado el principio de la soberanía nacional en su artículo tercero, la Constitución de 1837 trasladó esta declaración a Preámbulo, situándolo deliberadamente fuera del articulado constitucional. Este peculiar emplazamiento tenía una justificación que Olózaga explicó años más tarde observando que el principio de la soberanía nacional (básico para la ideología de los progre, no debía convertirse en un precepto que invitase constantemente a modificar la Constitución.
Por otra parte, la Constitución articuló el principio de separación de poderes de forma flexible, permitiendo así la colaboración entre el Gobierno y las Cortes. 
Asimismo, la Constitución incorporó, por vez primera en nuestra historia constitucional, una declaración sistemática y homogénea de derechos. Entre los derechos que entonces se recogieron figuran la libertad personal, la inviolabilidad del domicilio, la libertad de expresión, las garantías penales y procesales, el derecho de petición, la igualdad el acceso a los cargos públicos y, por supuesto, las garantías del derecho de propiedad.
En su vertiente orgánica el rasgo más sobresaliente era la autonomía de las Cortes frente al Rey, tanto en su composición como en su organización y funcionamiento, lo que se combinaba con un notable incremento de las facultades de la Corona frente a lo previsto en la Constitución de 1812.
El régimen que instauró la Constitución de 1837 fue el de una Monarquía constitucional. Por un lado, reforzaba los poderes del Rey, ratificando las facultades, que ya preveía el Estatuto Real, de convocatoria y disolución de las Cámara, así como el derecho de veto. Pero, a la vez, subrayaba el carácter limitado de la Monarquía, a través del principio de inviolabilidad del Rey, que determinaba la necesidad de refrendo ministerial para la eficacia de sus decisiones, con el contrapeso de que era el monarca quien nombraba y separaba libremente a los ministros del Gobierno.
Las Cortes se componían de dos cuerpos colegisladores iguales en facultades: el Congreso de los Diputados y el Senado, denominaciones que se han mantenido hasta hoy. Con ello, el texto de 1837 se situaba de nuevo en la línea de las constituciones europeas de la época, como eran la francesa de 1830 y la belga de 1831. El Congreso de los Diputados se elegía mediante un sistema de voto censitario. El Senado tenía una composición mixta: por un lado había senadores de base electiva, designados por el Rey entre los incluidos en una triple lista que confeccionaban los mismos electores que concurrían a las elecciones al Congreso, cuyo mandato era de 9 años, siendo renovados por tercios cada tres años. Por otro, había senadores a título propio, que eran los hijos del Rey y del heredero inmediato a la Corona desde que cumplían los veinticinco años.
Se ha dicho que la Constitución de 1837 fue un texto técnicamente estimable y políticamente conciliador, características que en otras circunstancias históricas quizá hubiesen permitido el comienzo de una época política más sosegada. Sin embargo, el período de vigencia de esta Constitución se caracterizó por la agitación e inestabilidad política que se mantuvo tanto en la regencia de María Cristina como luego en la regencia de Espartero y en la mayoría de edad de Isabel II. Esta inestabilidad se reflejó en la sucesión vertiginosa de Gobiernos (más de once en los primeros cuatro años, correspondientes a la regencia de María Cristina), en la constante presión de los progresistas sobre la Regente, más favorable a la postura moderada, y en la continua tensión entre las dos principales fuerzas políticas, cada una con sus correspondientes apoyos militares. Esta disgregación interna de los liberales permitió que el problema carlista no fuese solventado hasta el abrazo de Vergara entre Maroto y Espartero, el 31 de agosto de 1839.
La Constitución de 1837 fue, pues, una más de las ocasiones perdidas por el pueblo español para superar sus diferencias. Con ello se posponía la paz entre las dos Españas: "la España antigua", dice Pérez Galdós, "representada por el inepto hermano de Fernando VII, y la España moderna, simbolizada en una niña inocente y una viuda joven, hermosa, desvalida, dulce y magnánima, que había sabido ablandar con su ternura el corazón del monstruo a quien la ligó el destino".

NARVÁEZ

(Ramón María Narváez y de Campos, duque de Valencia) Militar y político español (Loja, Granada, 1799 - Madrid, 1868). Segundón de una familia de labradores acomodados de la pequeña nobleza andaluza, ingresó en el ejército con sólo quince años. Durante el Trienio Constitucional (1820-23) se decantó por los partidarios del liberalismo y tuvo un papel destacado en la lucha contra la sublevación absolutista de la Guardia Real de Madrid (1822). Ello le obligó a retirarse del ejército cuando la invasión de los «Cien mil hijos de San Luis» restableció a Fernando VII como rey absoluto.
Muerto el rey diez años más tarde, Narváez se reincorporó al ejército y defendió la causa del liberalismo y el Trono de Isabel II en la Primera Guerra Carlista (1833-40). Ascendió rápidamente por los éxitos obtenidos en los frentes del Norte (batallas de Mendigorría, 1835 y Arlabán, 1836), el Maestrazgo, Andalucía y La Mancha; pero en esas campañas se fue enconando también su rivalidad personal con Espartero, que habría de degenerar en enfrentamiento político desde 1838.
La persecución de la que fue objeto por Espartero le obligó a exiliarse en Francia durante la Regencia de éste (1841-43); y, dado que su rival había asumido el liderazgo de la rama progresista de los liberales, Narváez se inclinó hacia la rama conservadora, convirtiéndose pronto en el máximo dirigente del partido moderado. Dirigió la sublevación militar que derrocó a Espartero en 1843 (encuentro de Torrejón de Ardoz), ascendiendo entonces a teniente general y capitán general de Castilla la Nueva.
En 1844 era llamado a formar gobierno, iniciando una serie de siete periodos como primer ministro de Isabel II: 1844-46, 1846, 1847-49, 1849-51, 1856-57, 1864-65 y 1866-68. Impulsó la elaboración de la Constitución de 1845, que se mantuvo vigente hasta 1868; pero también otras muchas leyes importantes, como la reforma fiscal de Mon (1845), el Código Penal (1848) o las reformas administrativas de Bravo Murillo. En suma, conformó el Estado español contemporáneo según la ideología liberal-conservadora de su partido y según su temperamento autoritario: detuvo el proceso de desamortización de los bienes eclesiásticos, amordazó a la prensa, organizó una Administración centralizada y reprimió los movimientos populares impidiendo tanto el resurgimiento del carlismo (Segunda Guerra Carlista, 1849) como la extensión a España de las revoluciones europeas de 1848. 
El gran poder que atribuyó a la Corona en la Constitución de 1845 se vio correspondido con el sistemático otorgamiento de la confianza regia, que encargaba al «espadón moderado» la formación de gobierno con independencia de la voluntad del electorado, permitiendo después la «fabricación» de unas Cortes adictas mediante el fraude electoral; tal tergiversación del sistema político representativo llevó a los progresistas al pronunciamiento militar y a la revuelta popular como únicos medios de acceder al poder, lo que consiguieron en 1854 (contando en parte con el apoyo de Narváez para derrocar a un gobierno ultraconservador de escasa base social).
Narváez se mantuvo apartado de la política activa durante el Bienio Progresista y, tras la caída de Espartero en 1856, regresó estableciendo un sistema de alternancia con un partido de vocación centrista, la Unión Liberal del general O’Donnell. Durante todo el reinado de Isabel II, Narváez representó el principal soporte del Trono, como jefe indiscutible del partido moderado y árbitro entre sus tendencias internas; su muerte en 1868 dejó al partido descabezado y dividido, facilitando el triunfo de la revolución que derrocó a la reina en aquel mismo año. Tras haber contribuido a vencer la resistencia absolutista, implantó una monarquía constitucional inspirada formalmente en los principios liberales, pero la vació en gran parte de contenido con su exagerado autoritarismo y su política conservadora; su legado es, por tanto, ambiguo, como representante político de las oligarquías de notables locales y grandes propietarios que sustentaron su régimen.

ESPARTERO

(Baldomero Espartero, conde de Luchana, duque de la Victoria y príncipe de Vergara) Militar y político español (Granátula, Ciudad Real, 1793 - Logroño, 1879). Hijo de un carretero de La Mancha, adoptó el segundo apellido de su padre (pues su nombre completo sería Baldomero Fernández Álvarez Espartero). Al estallar la Guerra de la Independencia (1808-14) abandonó la carrera eclesiástica y tomó las armas. Desde 1810 permaneció en el Cádiz sitiado por los franceses, donde se estaban desarrollando las Cortes constituyentes; allí realizó sus primeros estudios militares.

Entre 1815 y 1824 estuvo destinado en América, donde combatió contra los independentistas hasta que España perdió sus colonias en el continente; aunque no participó en la decisiva batalla de Ayacucho, en el futuro sus partidarios serían conocidos popularmente como los ayacuchos en recuerdo del pasado americano de Espartero y de la influencia que sobre sus ideas políticas tuvieron otros militares liberales de aquella campaña.
Al morir Fernando VII, se decantó por el apoyo a la causa de Isabel II y de la regente María Cristina, en virtud de sus convicciones constitucionales. Luchó contra la reacción absolutista en la Primera Guerra Carlista (1833-40), en la que desempeñó un papel destacado: sus éxitos militares le llevaron de ascenso en ascenso hasta obtener el mando del ejército del Norte a raíz del motín de los sargentos de La Granja (1835). Rompió el cerco carlista de Bilbao venciendo en la batalla de Luchana (1836); organizó la defensa de Madrid frente a la expedición de don Carlos (1837); y aprovechó las disensiones en el bando carlista para atraerse al general Maroto y negociar con él la paz que sellaron ambos con el «abrazo de Vergara» (1839). Luego se dirigió al Maestrazgo, donde venció a Cabrera en 1840, poniendo fin a la guerra.
Desde entonces puso su prestigio al servicio de sus ideales políticos progresistas. Se enfrentó al conservadurismo de María Cristina haciendo que ésta le nombrara presidente del Consejo de Ministros en 1840-41; pero, ante la resistencia de la regente al programa liberal avanzado que defendía, exigió a ésta que abdicara e hizo que las Cortes le nombraran regente a él mismo (1841-43).
Completaba así la ascensión social que, desde un origen modestísimo, le había llevado a ser conde, duque, grande de España y, finalmente, regente. El «espadón» progresista se enemistó con muchos de sus partidarios, a causa de su modo de gobernar autoritario, personalista y militarista; en 1843 se vio obligado a disolver unas Cortes que se le habían vuelto hostiles.
Un pronunciamiento conjunto de militares moderados y progresistas (encabezados por Narváez y Serrano) le arrebató el poder en aquel mismo año; pronto se declararía mayor de edad a Isabel II y comenzaría una década de predominio conservador. Espartero se exilió en Inglaterra, de donde regresó en 1849 para vivir retirado en Logroño.
Ante el deterioro político del final de la década moderada (1844-54), las tendencias autoritarias de la reina y la hegemonía política de la minoría ultraconservadora, se produjo una nueva revolución en 1854, que llevó a Espartero a la presidencia del Gobierno; durante el siguiente «bienio progresista» (1854-56) avaló el reformismo de los liberales avanzados, pero no pudo evitar que se reprodujeran las mismas disensiones acerca de su liderazgo.
De nuevo fue expulsado del poder por un pronunciamiento encabezado por su antiguo aliado, el general O’Donnell, tras el cual vino un nuevo periodo de ostracismo político de los progresistas, que Espartero contempló pasivamente desde su retiro de Logroño. Allí recibió, tras la revolución que destronó a Isabel II en 1868, la oferta de Prim de hacerle elegir por las Cortes rey constitucional de España, oferta que rechazó. Tras la coronación de Amadeo de Saboya éste completó el encumbramiento honorífico de Espartero nombrándole príncipe de Vergara con tratamiento de alteza real.


ISABEL II

Reina de España (Madrid, 1830 - París, 1904). Isabel II nació del cuarto matrimonio de Fernando VII con su sobrina María Cristina de Borbón, poco después de que el rey promulgara la Pragmática por la que se restablecía el derecho sucesorio tradicional castellano, según el cual podían acceder al Trono las mujeres en caso de morir el monarca sin descendientes varones.
En virtud de aquella norma, Isabel II fue jurada como princesa de Asturias en 1833 y proclamada reina al morir su padre en aquel mismo año; sin embargo, su tío Carlos María Isidro no reconoció la legitimidad de esta sucesión, reclamando su derecho al Trono en virtud de la legislación anterior y desencadenando con esta actitud la Primera Guerra Carlista (1833-40).
Hasta que Isabel II alcanzara la mayoría de edad, la Regencia recayó en su madre María Cristina, la cual encabezó la defensa de sus derechos dinásticos contra los partidarios de don Carlos; para ello entabló una alianza con los liberales, que veían en la opción isabelina la posibilidad de hacer triunfar sus ideas frente al partido absolutista agrupado en torno a don Carlos.
En consecuencia, llamó al gobierno a los liberales y aceptó el régimen semiconstitucional del Estatuto Real (1834); la presión de los liberales más avanzados le obligaría luego a admitir la nacionalización de los bienes de la Iglesia (desamortización de Mendizábal) y el establecimiento de un régimen propiamente liberal (Constitución de 1837). Entretanto, la suerte de las armas fue favorable para la causa de Isabel, pues los ejércitos de Espartero consiguieron imponerse a los carlistas en el frente del Norte (Convenio de Vergara de 1839) y en el Maestrazgo (derrota de Cabrera en 1840).
En aquel mismo año, sin embargo, María Cristina fue apartada de la Regencia y expulsada de España, desacreditada por su matrimonio morganático y por su actitud reacia al liberalismo progresista; el propio general Espartero le sucedió como regente en 1841. Por entonces se habían decantado ya las dos corrientes en las que se dividió la «familia» liberal: el partido moderado (conservador) y el partido progresista (liberal avanzado).
Después de tres años de Regencia de Espartero y de consiguiente predominio político de los progresistas, en 1843 fue derrocado el regente por un movimiento en el que participaron moderados y progresistas descontentos (1843); para evitar una nueva Regencia, se decidió adelantar la mayoría de edad de Isabel II, quien comenzó, por tanto, su reinado personal con sólo 13 años. Una maniobra de los moderados completó la operación apartando del poder al progresista Olózaga bajo la acusación de haber forzado la voluntad de la reina niña.
En lo sucesivo, Isabel II inclinaría sistemáticamente sus preferencias políticas hacia los moderados, incumpliendo su papel arbitral de reina constitucional al llamar a formar gobierno siempre al mismo partido, lo cual obligó a los progresistas a recurrir a la fuerza para tener opción de gobernar; por esa razón se sucedieron los pronunciamientos, mecanismo de insurrección militar, frecuentemente combinada con algaradas callejeras, para forzar un cambio político.
La ignorancia y candidez de Isabel II se complicaron con su insatisfacción sexual, fruto del desgraciado matrimonio que le arreglaron a los 16 años con su primo Francisco de Asís; una sucesión de amantes reales adquirieron influencia sobre las decisiones de la Corona, al tiempo que confesores y consejeros aprovechaban el sentimiento de culpabilidad y los accesos religiosos de la reina para hacer sentir también su influencia. Isabel II se rodeó así de una «camarilla» palaciega con influencia política extraconstitucional, causa adicional de su descrédito ante el pueblo y la opinión liberal.
Desde el comienzo de su reinado, Isabel II inauguró esta tónica al amparar diez años de gobierno ininterrumpido de los moderados (la «Década Moderada» de 1844-54), en los que el poder estuvo dominado por el general Narváez. Este predominio moderado se plasmó en una nueva Constitución en 1845, en la que el poder de la Corona quedaba reforzado frente a los órganos de representación nacional; y también en toda una serie de leyes importantes que conformaron el modelo de Estado liberal en España en una versión muy conservadora; este giro permitió restablecer las relaciones con el Papado, que reconoció a Isabel II como reina legítima en 1845.
El descontento de los liberales acabó por provocar una revolución que dio paso a un «Bienio Progresista» (1854-56), marcado de nuevo por la influencia de Espartero. Pero una nueva sublevación militar restableció la situación conservadora, abriendo un periodo de alternancia entre los moderados de Narváez y un tercer partido de corte centrista liderado por el general O’Donnell (la Unión Liberal). Los progresistas, excluidos del poder, se inclinaron otra vez por la vía insurreccional, que prepararon desde el Pacto de Ostende de 1866; pero esta vez exigieron el destronamiento de Isabel, a la que acusaban de intervencionismo partidista y de deslealtad hacia la voluntad nacional.
El resultado fue la Revolución de 1868, que obligó a Isabel II (de vacaciones en Guipúzcoa) a exiliarse en Francia. En 1870 abdicó en su hijo Alfonso y confió a Cánovas la defensa en España de la causa de la restauración dinástica; ésta se logró tras el fracaso de los sucesivos regímenes políticos del Sexenio Revolucionario (1868-74), y la entronización de Alfonso XII. La reina madre, símbolo del pasado y del desprestigio de los Borbones, regresó a España en 1876, severamente vigilada y bajo la prohibición de cualquier actividad política; pero sus desavenencias con el gobierno de Cánovas le decidieron a exiliarse definitivamente en París, donde permaneció resentida y aislada, sobreviviendo a su madre (1878), su hijo (1885), su marido (1902) y la mayor parte de sus amantes y amigos.

REVOLUCION MEIJÍ

La restauración Meiji Bakumatsu no Dōran (fin del régimen del shōgun) fue la caída del régimen despótico en el Japón. Este régimen era muy parecido al feudalismo europeo, el emperador (que se creía que descendía de los dioses) no tenía el poder real sino que dependía del daimyō (señor feudal o hacendado de familias importantes) más importante. Este se titulaba "shōgun", que es el mayor rango que un daimyō podía obtener. Por eso el régimen político se llamaba shogunato o bakufu. Ahora bien, Japón hasta 1853 había permanecido aislado del resto del mundo económica y políticamente (excepto para China y Holanda). En esta fecha llega una flota armada estadounidense (al mando del Comodoro Perry) que tenía como propósito demandar un tratado de comercio. Este hecho se conoce también como "Kuro-fune raikō" (llegada de los barcos negros). Al no tener Japón una armada para hacerle frente tuvo que aceptar el tratado, evidenciando lo débil que era el país.
Esta revolución tuvo una particularidad única en la historia; la misma clase dominante (la aristocracia) fue la que vio la necesidad de cambio y de renunciar a sus derechos especiales. Por eso estaban divididos en dos bandos: los Ishin shishi y los partidarios del shogunato. Los terratenientes (daimyō) que estaban en contra del shogunato lideraron el Ishin shishi. Entre ellos destacan tres dirigentes, el llamado Ishin sanketsu (el triunvirato Ishin), cuyos integrantes eran Toshimichi Okubo, Saigō Takamori y Kogoro Katsura.
Los partidarios del shogunato contaban con diferentes fuerzas para enfrentarse a estos revolucionarios; entre ellos el Shinsengumi (una fuerza paramilitar-policial situada en Kioto). Para 1867 el movimiento revolucionario había logrado un avance decisivo y el emperador Meiji (que no tenía poder real) dicta la orden de disolver el bakufu (shogunado). Pero el shōgun Tokugawa Yoshinobu se resiste a dejar el poder en manos del Ishin shishi y en 1868 se desarrollan cinco batallas más, llamadas las Guerras Boshin, en orden cronológico son estas: Toba-Fushimi, Monte Ueno, Nagoaka, Aizu y Hakodate.
Posteriormente los samuráis tras los radicales cambios realizados por el emperador, se rebelan contra éste, formando un ejército cuyo enemigo será el emperador al abolir los privilegios de la clase samurái, los contrincantes fueron el recién fundado cuerpo de policía, formada en gran parte por samuráis que se pusieron al servicio del emperador y samuráis de los clanes vencedores en las Guerras Boshin: Satsuma y Chozu.
Los resultados de las cinco guerras fueron determinantes y el shōgun convocó a consejo al ishin Saigō Takamori, en el que estuvo presente el jefe de marina shogunal, Katsu Kaishū. El resultado de este consejo fue la rendición del shogunato.

Alianzas y lealtades

La formación en 1866 de la alianza Satsuma-Chōshū entre Saigō Takamori, el líder del territorio Satsuma, y Kido Takayoshi, el líder del territorio Chōshū, construyen los cimientos de la restauración Meiji. Estos dos líderes apoyaron al Emperador Kōmei (padre del emperador Meiji) y se aliaron junto a Sakamoto Ryoma con el propósito de cambiar el gobierno del Shogunato Tokugawa (bakufu) y devolver el poder al emperador. A finales de 1867, el Emperador Meiji asciende al trono después de la muerte del emperador Kōmei. Este periodo también supuso un cambio a Japón desde el comienzo de una sociedad feudal a tomar una economía capitalista con una persistente influencia occidental.

Comienzo de la era Meiji

En 1868 comienza la era Meiji (o Restauración Meiji). En ésta quedan abolidos los privilegios especiales de los samuráis, se le da a la población la posibilidad de portar apellido (privilegio hasta entonces de la aristocracia, mientras que la gente llevaba el nombre de su profesión, por ejemplo, el capitán de un barco se llamaba "Anjin" -"capitán"-). Estos cambios provocaron la inestabilidad del país en el comienzo de la era Meiji. Hubo muchos levantamientos, pero se puede destacar el de Saigō Takamori, integrante del triunvirato ishin, amigo y compañero de Toshimichi Ookubo. Saigō es derrotado por Ōkubo y hecho ejecutar. La era Meiji logró la estabilidad total después de cuatro décadas.

DAVID LIVINGSTONE

Médico y misionero británico que inició la exploración del interior de África (Blantyre, Escocia, 1813 - Chitambo, Zambia, 1873). Procedente de una familia pobre, sacó adelante sus estudios de Medicina en la Universidad de Glasgow y se enroló en la Sociedad Misionera de Londres movido por sentimientos religiosos (fue ordenado sacerdote protestante en 1840).
A petición propia, fue destinado al sur de África en 1841. Desde allí se adentró hacia el norte en la actual Botswana, predicando la religión cristiana y explorando territorios desconocidos en medio de graves peligros. En 1852-54 atravesó el desierto de Kalahari hasta conectar El Cabo con Luanda, capital de la colonia portuguesa de Angola; desde allí, rechazando las invitaciones para que regresara a Inglaterra y, a pesar de sus problemas de salud, inició una nueva travesía del Atlántico al Índico, uniendo Angola con Mozambique a través del río Zambeze (1854-56).
Durante su posterior estancia en Inglaterra fue premiado y recibido por la reina, convirtiéndose en un héroe popular. Sus escritos y conferencias despertaron el interés por el misterioso continente africano en todo el mundo, incitando a la posterior carrera colonial por el reparto de su dominio entre las potencias europeas; no obstante, las intenciones del propio Livingstone fueron siempre pacíficas, impulsando el conocimiento científico del continente, el establecimiento de relaciones amistosas con los pueblos indígenas y la erradicación de la esclavitud. 
El gobierno británico financió un segundo viaje para explorar el Zambeze como vía de penetración hacia el interior de África en 1858-64; pero las múltiples cataratas que descubrió frustraron el proyecto. Un tercer viaje, financiado por la Real Sociedad Geográfica en 1865-73, le llevó a explorar las regiones en torno a los lagos Nyasa y Tanganika.
En 1871 circuló en Occidente la noticia de que Livingstone se había perdido y dos periódicos enviaron en su búsqueda a Henry Stanley; éste se internó en el África oriental y encontró a Livingstone en Ujiji, a orillas del lago Tanganika. Pero no consiguió convencerle para que regresara y, tras aprovisionarle, ambos se separaron en 1872. Mientras Stanley continuaba su exploración por el río Congo, Livingstone siguió su camino y falleció un año más tarde de muerte naturaL.

VICTOR MANUEL II

Último rey de Cerdeña-Piamonte y primer rey de Italia (Turín, 1820 - Roma, 1878). Accedió al Trono sardo-piamontés en 1849, al abdicar su padre Carlos Alberto tras fracasar en el intento de eliminar la influencia austriaca en Italia y abrir el camino para la unificación peninsular.
A pesar de la derrota de su padre por los austriacos en la batalla de Novara (1849), Víctor Manuel mantuvo la monarquía constitucional diseñada en el Estatuto Real de 1848, que se convirtió -a pesar de su moderación- en el régimen más liberal que quedó en Italia después de la represión de los movimientos revolucionarios por el ejército austriaco que mandaba Radetzky. Respetó escrupulosamente el marco constitucional y llamó a gobernar a personajes caracterizados por sus ideas liberales y nacionalistas, si bien en una versión tan moderada como la de Cavour, que fue su primer ministro desde 1852.
La paciente labor diplomática de éste creó las condiciones para que el emperador francés Napoleón III se comprometiera a apoyar al Piamonte en una guerra contra Austria, que efectivamente tuvo lugar en 1859. Derrotados los austriacos por las fuerzas franco-piamontesas en las batallas de Magenta y Solferino, Napoleón III detuvo la guerra antes de obtener su objetivo último, que era expulsar a los austriacos de Italia, por el temor a una intervención prusiana. Piamonte obtuvo la anexión de Lombardía (Tratado de Zúrich, 1859), pero el Véneto siguió en manos austriacas e Italia permanecía dividida.
Víctor Manuel se vio obligado a aceptar esta situación, que conllevó la cesión a Francia de Niza y Saboya -por los servicios prestados- y la dimisión de Cavour (1860). Sin embargo, la guerra había hecho estallar por toda Italia revueltas de inspiración liberal y nacionalista que, al grito de Italia y Víctor Manuel, luchaban por la unificación del país. En varios Estados italianos, como Parma, Módena y Toscana, se celebraron plebiscitos que determinaron la anexión al Reino de Cerdeña-Piamonte; y lo mismo ocurrió en Bolonia, que quedó así escindida de los Estados Pontificios e incorporada igualmente al reino de Víctor Manuel (1860). 
Al mismo tiempo, una expedición revolucionaria encabezada por Garibaldi había partido del Piamonte, y tras desembarcar en Sicilia, derrotó a las tropas de los Borbones y amenazó Nápoles. Con el pretexto de impedir que los garibaldinos atacaran al papa, Víctor Manuel envió un ejército piamontés que fue el que realmente derrotó a las tropas papales (batalla de Castelfidardo, 1860) y determinó la anexión al Piamonte -previo referéndum- de las Marcas y Umbría, regiones pertenecientes hasta entonces a los Estados Pontificios.
Luego siguieron avanzando hacia el sur para frenar a Garibaldi; pero este revolucionario radical renunció a toda aspiración política sobre los territorios que controlaba en el sur de Italia, y tras una entrevista con Víctor Manuel, le entregó Sicilia y Nápoles y le proclamó rey de Italia. Después completaron juntos la rendición del Reino de Nápoles y un primer Parlamento italiano reunido en Turín proclamó oficialmente a Víctor Manuel II rey de Italia, extendiendo el régimen del Estatuto.
Venecia siguió en poder del Imperio Austro-Húngaro hasta 1866, cuando Víctor Manuel pudo aprovechar la guerra entre Prusia y Austria para aliarse con la primera y arrebatar Venecia a la segunda (Paz de Viena). Quedaba Roma en poder de los papas y protegida por una guarnición francesa, pero reclamada por el gobierno de Italia como capital de su Estado; nuevamente fue una guerra exterior la que permitió conquistarla, en este caso la Guerra Franco-Prusiana, que hundió al Segundo Imperio Francés y dejó desprotegido al papa, facilitando la conquista de la ciudad por los italianos en 1870.
Víctor Manuel trasladó allí su capital, pero vio abrirse un nuevo conflicto para su régimen, al exacerbarse la enemistad del papa Pío IX, que se consideró a sí mismo prisionero en sus palacios del Vaticano, excomulgó al rey y negó toda legitimidad al Estado italiano unificado. Esto se añadía a los problemas de integración entre los antiguos Estados italianos y al resentimiento por la imposición en todos ellos de las instituciones y la influencia política del Piamonte.

viernes, 4 de marzo de 2011

ESTADOS DE ITALIA

Italia, oficialmente la República Italiana (Repubblica Italiana en italiano), es un país de Europa que forma parte de la Unión Europea (UE). Su territorio lo conforman principalmente la Península Itálica y dos grandes islas en el mar Mediterráneo: Sicilia y Cerdeña. En el norte está bordeado por los Alpes, donde limita con Francia, Suiza, Austria y Eslovenia. Los estados independientes de San Marino y Ciudad del Vaticano son enclaves dentro del territorio italiano. A su vez Campione d'Italia es un municipio italiano que forma un pequeño enclave en territorio suizo.
Ha sido el hogar de muchas culturas europeas como los etruscos y los romanos y también fue la cuna del Renacimiento, que comenzó en la región de Toscana y pronto se extendió por toda Europa. La capital de Italia, Roma, ha sido durante siglos el centro político y cultural de la civilización occidental, y también es la ciudad santa para la Iglesia católica, pues dentro de la ciudad se encuentra el microestado del Vaticano. El significado cultural del país se refleja en todos sus Patrimonios de la Humanidad, ya que tiene cuarenta y cuatro, el país con mayor número del mundo.[3]
Es el tercer país de la Unión Europea que más turistas recibe por año, siendo Roma la tercera ciudad más visitada.[4] Otra ciudad importante es Milán, centro de finanzas y de industria, y según el Global Language Monitor, la capital de la moda.[5] Italia es una república democrática, forma parte del G8 o grupo de las ocho naciones más industrializadas del mundo y es un país desarrollado con una calidad de vida alta, encontrándose en 2005 entre las ocho primeras del Mundo.[6]
También disfruta de un alto índice de desarrollo humano, siendo el 18º país más desarrollado del mundo.[7] Es miembro fundador de la Unión Europea, firmante del Tratado de Roma en 1957. También es miembro fundador de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, de la Organización Mundial del Comercio, del Consejo de Europa y de la Unión Europea Occidental. El país, y especialmente Roma, tiene una fuerte repercusión en temas de política y cultura, en organizaciones mundiales como la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO),[8] el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (IFAD), el Glocal Forum,[9] o el Programa Mundial de Alimentos (WFT)

PLEBISCITO

El plebiscito es uno de los mecanismos de participación que brinda la Constitución para que los colombianos participen en las decisiones políticas que los afecta.
El plebiscito es convocado por el Presidente de la República (previo respaldo escrito de todos los Ministros) cuando crea conveniente consultar al pueblo acerca de una decisión que se piensa tomar.
El procedimiento para convocar un plebiscito está condicionado por unas normas que cada Gobierno que desee hacer uso de él debe seguir:
El Presidente puede convocarlo siempre y cuando la política o decisión que se piensa consultar no sea una que, por su naturaleza, deba ser aprobada por el Congreso.
Así mismo, el Presidente debe informar al Congreso, al momento de convocar el plebiscito, las razones para realizarlo, así como la fecha fijada para que se lleve a cabo la votación por parte de los ciudadanos. Esta votación debe ser no antes de un mes (treinta días) y no después de cuatro meses (ciento veinte días) de haber sido convocado dicho plebiscito. Además, la fecha de la votación no puede, en ningún caso, coincidir con la de otras elecciones.
Sin embargo, el Congreso (es decir, el Senado y la Cámara de Representantes) es responsable, en gran medida, de si finalmente el plebiscito se realiza o no. El Congreso tiene un mes de plazo para estudiar la propuesta del Ejecutivo; si al cabo de ese tiempo la mayoría de congresistas no rechazan la propuesta, el Presidente podrá convocar el plebiscito.
Finalmente, el Gobierno, al ser el mayor interesado en que el plebiscito tenga éxito, tiene la oportunidad de realizar cuñas televisivas durante los últimos veintiún días previos a la fecha escogida para realizar la votación.
El pueblo es el que elige, y el plebiscito será aprobado solo si la mayoría de los colombianos que hacen parte del censo electoral vota a favor.
En la Biblioteca virtual puede obtener más información sobre este tema en:
Política y legislación Mecanismos de participación ciudadana para la defensa del medio ambiente.
Qué es la revocatoria del mandato? Derecho legal mediante el cual la población exige el retiro de quien los representa en cierto cargo político.
Acción de tutela. Sentencias tutelares indígenas, ejemplo de protección a minorías Texto de Juan Manuel Charry Ureña, publicado en Credencial historia, núm. 148.
Tutela Direcciones de internet donde se encuentra información acerca de este mecanismo legal.

SUFRAGIO UNIVERSAL

El sufragio universal consiste en la dotación del derecho a voto a toda la población adulta independientemente de su raza, sexo, creencias o condición social de un Estado.
La evolución histórica del sufragio universal ha sido de una evolución desde el sufragio universal masculino (segunda mitad del siglo XIX) - todos los que supieran leer y escribir - a la inclusión de la mujer (siglo XX en adelante), analfabetos (siglo XX) y mayores de 18 años (segunda mitad del siglo XX).
Muchos sistemas, de los autodenominados "universales" excluyen constitucional y legalmente a votantes potenciales. Así, ciudadanos convictos y enfermos mentales son excluidos de la población con derecho a voto. Además de los menores de 18 años y no poseedores de la ciudadanía están excluidos.
En el pasado numerosas sociedades han negado el derecho a votar basándose también en diferencias de raza o etnia. Por ejemplo, durante la era apartheid no estaba permitido el voto a razas que no fuera la blanca en Sudáfrica. Igualmente ocurría en la época pre-Derechos Civiles en EE.UU. donde aunque los afroamericanos tenían técnicamente derecho a votar, se les negaba su ejercicio mediante intimidaciones u otros medios. El Ku Klux Klan formado después de la guerra civil americana fue una de las organizaciones que destacó en este cometido.
Limitaciones respecto a militares - La privacion del derecho al voto impuesta a los militares en determinados países (por ejemplo en Francia durante la III república) tiene motivos complejos. Por una parte, se trata de impedir la opresión de los oficiales sobre los soldados, que deformaría el voto (tales hechos no eran extraños durante el Consulado o el II imperio en Francia e incluso en ciertas repúblicas sudamericanas actuales). Se trataba por otra parte, de evitar la intrusión de la política en el ejército, como perjudicial para la disciplina militar.
A continuación se muestra una lista cronológica de países y la evolución del sufragio universal. La lista se inicia con la existencia del sufragio universal masculino al momento que se pone como único requisito saber leer y escribir a los hombres y su posterior evolución, por sucesivas extensiones de los derechos de voto a toda la población.

DEMOCRACIA

La democracia, es el aquel sistema de gobierno, en el cual la soberanía del poder reside y está sustentada, en pueblo. Es éste, por medio de elecciones directas o indirectas, quien elige las principales autoridades del país. Asimismo, es el pueblo, quien puede cambiar o ratificar a estas mismas autoridades, en las siguientes elecciones populares. Por este motivo los griegos hablaban de la democracia, como el gobierno del pueblo; de hecho este es su significado literal.
Es así, como se puede conformar una democracia directa, donde el pueblo es quien toma todas las decisiones ejecutivas y legislativas, o la democracia representativa, donde le pueblo por medio de votación popular escoge las autoridades que representarán a la ciudadanía, en la toma de decisiones.
Hoy en día, la gran mayoría de los sistemas democráticos, funcionan por medio de la representación; podemos imaginar lo complicado que sería de otra manera, con la población actual de los países.
Dentro de la democracia, quienes tienen el beneplácito, para ostentar los cargos públicos, son los integrantes de los poderes políticos. Es así, como los partidos políticos, son quienes potencian y fortalecen a la democracia. Por medio de su actuar y la alimentación de participantes, quienes escogerán por medio de las distintas elecciones, los cargos de los poderes ejecutivos y legislativos, en la mayoría de las naciones democráticas. Aún cuando, en algunas de ellas, la ciudadanía, también puede escoger a ciertos integrantes del poder judicial.
Es así, como la separación de los poderes del Estado, es uno de los pilares fundamentales de toda democracia. Cada uno de ellos es independiente y existe un control constante de uno sobre el otro. Aquello redunda en un control sobre el actuar de los mismos y evitar casos de corrupción o ilegalidades de los mismos; lamentablemente, en algunos casos estos poderes se coluden y la corrupción se hace generalizada, como aún vemos en algunos países, sobretodo en aquellos que se encuentran en vías de desarrollo.
Con respecto a la historia de la democracia, esta se remonta a la antigua Grecia. Ya que para el año 1500, antes de Cristo, nace este sistema de gobierno, por medio de la creación de la Asamblea del Pueblo, dentro de las polis o ciudades helénicas.
Esto se da, gracias al reducido tamaño de las polis, con lo cual, la población al mismo tiempo era pequeña. Es así, como todos los ciudadanos hombres libres, podían participar de la Asamblea. De aquella manera, cada uno de ellos, de manera alternada, podía ocupar uno de los puestos burocráticos de esta asamblea. Por lo mismo, que este sistema de gobierno, no era representativo, sino que se actuaba, por medio de democracia directa. Frente a cada una de las decisiones, la mayoría votante, era la que decidía sobre las distintas materias.
Con respecto a la cultura romana, esta poseía un sistema democrático, pero de índole representativo. Al menos en los cargos del ejecutivo. Ya que el poder legislativo, estaba constituido, por los Senadores, quienes no eran electos. Asimismo, muchos de los cargos públicos, eran escogidos a través de una elección directa. Quienes votaban en un principio, eran los ciudadanos con derechos; de manera posterior, pudo votar el vulgo.
En la Edad Media, el concepto de democracia, prácticamente desapareció. Casi todos los gobiernos eran aristocráticos, conformados por monarquías. Una de las pocas excepciones, lo conformaron los cantones suizos, en el siglo XIII.
Para 1688, en Inglaterra, triunfa la democracia, por medio de del principio de libertad de discusión, la cual era ejercida principalmente por el Parlamento. Así, se constituía definitivamente, una monarquía parlamentaria.
Así, para el siglo XVIII, muchos filósofos europeos, consideraban a la democracia, como la posibilidad del pueblo, de escoger el gobierno imperante. La revolución norteamericana en 1776 y la revolución francesa en 1789, conllevó la expansión definitiva, de las ideas libertarias y el establecimiento, de la cultura democrática, en todo occidente. Situaciones que marcaron profundamente, los destinos políticos de varias naciones en el siglo XIX.
Es así, como en la actualidad, la democracia representativa, es el sistema más utilizado en el mundo, para dirigir los designios de las naciones. Es por tanto, que la democracia se considera, como el sistema de gobierno menos perjudicial, para el manejo de los asuntos de Estado, frente a los otros sistemas que han existido o se han diseñado.
Una frase que ha marcado profundamente la concepción que se tiene de la democracia, es la que mencionó Abraham Lincoln, durante la Guerra Civil de los Estados Unidos, la cual decía que los gobiernos son del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
Dentro de toda democracia que se afane de serlo, debe de existir una carta magna o Constitución. La cual será la ley madre, por la cual todas las leyes de la nación, se deberán normar y subordinar.
Dentro de toda Constitución, se establecerán las normas por las cuales se elegirán a las autoridades del país, y cómo estas deben de actuar, frente a sus cargos. Asimismo sus atribuciones y limitaciones constitucionales, estarán escritas de manera explícita.
Por otra parte, y aspecto fundamental de toda democracia, en la Constitución se deberán de plasmar, todos los derechos primordiales y obligaciones de todo ciudadano de la nación. Principio básico, de toda democracia representativa.

REPUBLICA

Del latín res publica, concepto jurídico y político, opuesto a res privata, que designa la comunidad política, cualquiera que sea su forma institucional.
En este sentido república es un término genérico que designa el «bien común» (al igual que la traducción inglesa de república, commonwealth).
De forma más específica, república designa la forma de gobierno contrapuesta a la monarquía, caracterizada por una rotación del poder: el jefe del Estado es elegido y tiene un mandato limitado y temporal.

LUIS NAPOLEÓN BONAPARTE

Luis Napoleón Bonaparte fue hermano del emperador Napoleón I de Francia, hijo de Carlo Buonaparte y María Letizia Ramolino. Además de príncipe de Francia, fue rey de Holanda, a la que gobernó bajo el título de Luis I de Holanda.
Nació en Ajaccio, Córcega el 2 de septiembre de 1778. Su carrera política inició al servicio de su hermano Napoléon, con quien colaboró en la campaña de Egipto. Fue nombrado general a la edad de 25 años, despegando una carrera política y militar que fue vertiginosa.
En enero de 1802, Luis contrajo matrimonio con Hortensia Beauharnais, hija de Josefina Tascher, primera esposa de napoleón, y del vizconde Beauharnais. El matrimonio fue arreglado y Luis no sentía ningún afecto por su esposa y sobrina política. La familia de Napoleón tenía una franca antipatía por la familia de Josefina y Luis no fue la excepción.
Los reyes holandeses tuvieron tres hijos: Napoleón Carlos Bonaparte, príncipe de Holanda, murió a los cuatro años; Napoleón Luis Bonaparte, príncipe real de Holanda a la muerte del anterior, subió al trono holandés bajo el nombre de Lodewijk II, cargo que ocupó una semana tras la abdicación de su padre y la llegada de las tropas de su tío a Holanda. Murió en 1831 y Carlos Luis Napoleón Bonaparte, quien nació en Paris y se convertiría en Napoleón III de Francia entre 1852 y 1870. Luis Bonaparte además tuvo un hijo fuera del matrimonio con Hortensia de Beauharnais :François de Castelvecchio , nacido en Roma en 1826 y muerto en Rennes en 1869.
El 5 de junio de 1806 su hermano Napoleón le concede el título de rey de Holanda. Tomando su cargo con toda la seriedad posible, cambió su nombre adoptando la forma holandesa de Lodewijk I , aprendió holandés e intentó ser un rey independiente y velar por los intereses del pueblo a su cargo, ganándose su respeto.
Durante su reinado ocurrieron dos sucesos trágicos: la explosión, en 1807, de un navío cargado con pólvora en la ciudad de Leiden y la inundación de 1809. Luis Bonaparte apoyó a la población afectada haciendo acto de presencia en ambos lugares. Por estas acciones, los holandeses le dieron el apelativo de “Luis el Bueno”.
Tuvo un reinado de apenas cuatro años. La corta duración de su gobierno se debió a una serie de factores entre los que estaban razones económicas. La inversión holandesa superaba la capacidad de pago de los deudores franceses. Pero la mayor fue que para la campaña contra Rusia, Napoleón solicitó la presencia de los ejércitos aliados. Luis se negó a aportar tropas para la campaña de su hermano, por lo que Napoleón lo acusó de traición por anteponer los intereses del reino holandés a los de Francia. El 1 de julio de 1810, Luis fue obligado a abdicar.
Entre otros nombramientos concedidos por Napoleón, Luis Bonaparte fue nombrado Conde de Saint-Leu y Condestable de Francia. Tras la muerte de sus hermanos mayores Napoleón y José, Luis fue apoyado por los bonapartistas para contender por el trono del imperio francés. Luis no tuvo interés en volverse pretendiente al trono vacante ni al título de emperador mismo que recayó Su hijo y heredero, Carlos Luis Napoleón Bonaparte, l futuro Napoleón III, quien estaba sufriendo prisión en Francia por intentar dar un golpe de estado pro bonapartista. Luis murió el 25 de julio de 1846 en Livorno, y fue seputlado en Saint-Leu-la-Forêt, Île-de-France, donde también reposan sus hijos.

GUERRA DE SECESIÓN

La Guerra de Secesión (1860 - 1865) fue un intento por separarse de la Unión Federal Norteamericana que llevaron a cabo varios Estados norteamericanos. Fue un enfrentamiento civil entre los Estados de la Unión (norte) y la Conferencia de los Estados del Sur (sur).
El conflicto giró en torno a dos grandes cuestiones: la esclavitud en los Estados del Sur y la polémica sobre la supremacía de los Estados de la Unión y las tasas protectoras que aplicaban a sus artículos.
Se enfrentó un estado del norte abolicionista, con intereses industriales y proteccionista contra el estado del sur esclavista, fundamentalmente agricultor que veía abusivas las tasas protectoras.
No se trató fundamentalmente de esclavistas contra abolicionistas, en realidad los conflictos de secesión fueron por el poder. Más estados libres significaban más votos para el norte, más esclavos, votos para el sur.

IMPERIO OTOMANO

El Imperio otomano comenzó siendo uno más de los pequeños estados turcos que surgieron en Asia Menor durante la decadencia del Imperio selyúcida. Los turcos otomanos fueron controlando paulatinamente a los demás estados turcos y bajo el reinado de Muhammad I (1451-1481) acabaron con lo que quedaba del la dinastía selyúcida. La primera fase de la expansión otomana tuvo lugar bajo el gobierno de Osmán I y siguió en los reinados de Orkhan, Murad I y Beyacid, a expensas de los territorios del Imperio Bizantino, Bulgaria y Serbia. Bursa cayó bajo su dominio en 1326 y Adrianópolis en 1361. Las victorias otomanas en los Balcanes alertaron a Europa sobre el peligro que este Imperio representaba y fueron el motivo central de la organización de la Primera Cruzada. El sitio que pusieron los otomanos a Constantinopla fue roto gracias a Tamerlán, líder de los mongoles, quien tomó prisionero a Beyacid en 1403. Pero el control mongol sobre los otomanos duró muy poco.
El imperio, reunido bajo el mando de Muhammad I hacia 1412, vivió una vertiginosa expansión con sus sucesores, Murad II y Muhammad II, el primero venció a Ladislao de Polonia en 1444 y Muhammad II capturó Constantinopla en 1453. Así, los otomanos habían pasaron de ser una horda nómada a convertirse en uno de los más extensos y esplendorosos imperio del mundo.
Bajo los gobiernos de Selim I y Solimán I el magnífico, tuvo lugar la expansión del imperio hacia Hungría, Valaquia, Moldavia y Transilvania. Parte del secreto de su triunfo residía en la posesión de un poderoso ejército conformado por estrictas jerarquías a las que podían pertenecer cristianos y extranjeros. Su cuerpo de elite estaba conformado por los famosos jenízaros o soldados europeos que habían sido robados desde niños y reeducados en el Islam.
Los límites asiáticos del Imperio otomano tampoco fueron respetados por mucho tiempo. Selim I atacó a los mamelucos de Egipto y Siria, tomó El Cairo en 1517 y asumió la sucesión del califato. También se vieron afectadas las propiedades venecianas en Grecia que quedaron bajo su poder.
Durante el reinado de Solimán (1535) comenzó la proverbial amistad entre Francia y Turquía, unidos contra los Habsburgo españoles. Solimán reorganizó el sistema judicial y bajo su gobierno florecieron la literatura, la arquitectura y otras artes. También instauró lo que sería una de las leyes canónicas musulmanas: la Sharia, que limitaba las prerrogativas del sultán adjudicándole un consejero o visir, con el poder político suficiente para cuestionar las acciones del sultán.
A la muerte de Solimán, siguió una progresiva decadencia. Los sacerdotes (ulemas) y los jenízaros fueron ganando poder y ejercieron sobre los sucesivos gobernantes una notable influencia que permitió la corrupción del sistema. El primer golpe importante fue infligido en 1571 a la armada de Selim II en la famosa Batalla de Lepanto, donde españoles y venecianos al mando de Juan de Austria derrotaron a los otomanos. Sin embargo, el poder militar turco se vio restaurado en el siglo XVII cuando el ejército de Murad IV venció a los persas en 1638.
En 1683, bajo el mando del Gran visir Mustafa, los otomanos llegaron hasta Viena. En auxilio de la ciudad acudió Juan III de Polonia y las subsecuentes campañas de, Carlos V de Lorena, Luis de Baden y Eugenio de Saboya terminarían en una serie de negociaciones con la firma de el tratado de Karlowicz en 1699, mismo que le costó a los turcos la pérdida de sus territorios en Hungría.
Otras posesiones se fueron perdiendo paulatinamente y entre los siglos XVIII y XIX fueron introducidas drásticas reformas bajo los reinados de Selim III y Mahmud II, pero todo fue inútil, Turquía y la dinastía otomana estaban heridas de muerte. Tras una serie de capitulaciones, el Imperio otomano fue perdiendo poder e independencia económica y aunque Turquía, teóricamente, venció en la Guerra de Crimea, su economía estaba destrozada. En 1856, El Congreso de Paris reconoció al Imperio otomano como un estado soberano y con ello confirmaba, paradójicamente, su dependencia del poder europeo.
En 1875 la rebelión de Bosnia y Herzegovina precipitó la Guerra contra los rusos (1877-78). Esto representó la independencia de Rumania (antes Valaquia y Moldavia) Serbia y Montenegro. Bosnia y Herzegovina se convirtieron en estados dependientes de Austria.
La irrupción de la Primera Guerra mundial y la campaña de Gallipolli en contra de las fuerzas aliadas en 1915, terminó con la ocupación por parte de las fuerzas inglesas de Bagdad y Jerusalén. En 1918 la resistencia turca se colapsó tanto en Asia como en Europa, concluyendo con un armisticio y la definitiva caída del Imperio otomano, disuelto con la firma del Tratado de Sevres .

viernes, 18 de febrero de 2011

BISMARCK

Biografía

Infancia

Bismarck nació el 1 de abril de 1815,[1] año de la derrota definitiva de Napoleón (en la batalla de Waterloo).[16] Fue el cuarto hijo de una familia numerosa. Durante su infancia, no ocurrió ni un suceso destacado. Bismarck se sabía miembro de la nobleza; su formación, no obstante, respondió en las líneas esenciales a los deseos de su madre y fue muy diferente de la que se acostumbraba entonces en los círculos de la nobleza prusiana. Estudió en Berlín, primero en la Plamannsche Lehranstalt, luego en el Instituto Friedrich-Wilhelm y por último en el Graue Kloster ("Convento Gris").[1] Bismarck no destacó demasiado entre sus maestros y compañeros. Más tarde se diría que abandonó la escuela convertido en un panteísta y convencido de que la república era la forma de gobierno más racional. Tales palabras suponían una crítica retrospectiva a las instituciones docentes de la época, más influidas por el espíritu burgués y el humanismo que por la tradición monárquico-conservadora. No obstante, afirmar su perfecta compenetración con la república es, a todas luces, exagerado.

Estudios universitarios

En 1832, a los diecisiete años, ingresó en la Universidad de Göttingen para estudiar leyes. De todos sus profesores, Bismarck sólo se interesó por Heeren, historiador y profesor de Derecho público cuyas ideas sobre el mapa político europeo le dominarían en gran medida en el futuro.[18] Bismarck se hizo miembro del Corps Hanovera, pero apenas aprovechó las posibilidades intelectuales que le ofrecía aquella ciudad universitaria, tan famosa en su tiempo, sino que se entregó cuerpo y alma a las alegrías de la vida estudiantil. Muchas de sus aventuras, de mayor o menor gusto, en ocasiones le crearon conflictos con las autoridades académicas. El mismo habló con franqueza e ironía de su "vida silenciosa", a través de la cual se desfogaba una personalidad aún sin moldear. Entre sus amigos, además de los miembros de la nobleza Corps Hanovera, se contaban dos importantes personalidades extranjeras. En aquella época Bismarck, sin verdad alguna por su parte, reconocía su fuerza interior; en una carta dirigida a un amigo de juventud escribía: "Seré el último pelagatos o el hombre más grande de Prusia".[19]
En esa época no existe el más leve indicio de opiniones políticas que dejen vislumbrar la futura obra del creador del Reich. Bismarck finalizó sus estudios en Berlín sin haber aprovechado las posibilidades científicas que la universidad le ofrecía. También en este aspecto se desfogó su vigorosa naturaleza. Por lo que a los estudios se refiere, Bismarck se limitó a aprender lo necesario para aprobar, práctica entonces no tan habitual como hoy. En 1835 realizó su examen de licenciatura en Derecho, que no nos ilustra demasiado su ideario, pues respondía más a las preguntas del examinador que a los intereses del examinado.[20] Bismarck, cargado de deudas muy a pesar de su padre, debió de reírse en su interior de que se le preguntase a él sobre la necesidad del ahorro.

Labor en los tribunales

Los años siguientes los pasó en los tribunales de Berlín y Aquisgrán. Su meta final era la diplomacia, pues descartaba dedicarse a la otra carrera posible para un joven noble, la de las armas.[5] Su labor en los tribunales acrecentó su aversión hacia la burocracia y hacia el formalismo de un servicio rígidamente reglamentado, aversión que conservaría durante toda su vida. Tener jefes fue siempre algo superior a las fuerzas. En Aquisgrán también se consagró por entero a los placeres de la vida, y durante meses y sin permiso, viajó siguiendo los pasos de una joven inglesa. Posteriormente continuaría su labor en Potsdam. En Aquisgrán, sus superiores reconocían su capacidad, pero opinaban que debía ser más disciplinado en el servicio. A este respecto, Bismarck comentaba con aquella sinceridad tan característica en él: "Creo que el gobierno de Aquisgrán me ha dado notas más altas de las que realmente merezco".[21


El Landtag unificado (1847 - 1851)

Elección y desarrollo como miembro del Landtag

Bismarck comenzó su actividad pública algunas semanas antes de su boda; en mayo de 1847 la nobleza le había elegido miembro del Landtag unificado prusiano.[29] El Landtag unificado de 1847 fue el primer parlamento verdadero de la historia alemana. En él, los liberales moderados disponían de mayoría absoluta. El grupo de las derechas, que defendía la autoridad de la corona y los intereses de la nobleza latifundista, contaba con una representación muchos más reducida. Uno de sus miembros era Bismarck, que sufrió, en principio, la decepción de ser nombrado diputado suplente.[30]
Bismarck ya tenía cierta experiencia en estas lides, pues anteriormente había ejercido como Deichhauptmann de las Dietas.[29] El futuro detractor del parlamentarismo se inició, por tanto, en la vida política dentro de una actividad constitucional y parlamentaria.[30] Bismarck se alineaba entonces con las fuerzas conservadoras. En su primer artículo periodístico, Bismarck defendía el derechos de los nobles terratenientes a practicar monterías en las fincas de sus campesinos, y además la preservación del derecho patrimonial, oponiéndose con ello tanto a las exigencias de los liberales como al credo de los absolutistas.[31] Bismarck estrechó los lazos con Leopold von Gerlach,[29] amigo íntimo de Federico Guillermo IV. Gerlach representaba a la corriente cristiana-constitucionalista-conservadora y rechazaba el autoritarismo del Estado.
En su actuación dentro del Landtag unificado, Bismarck se reveló como un ultraderechista a ultranza y un riguroso hombre de partido.[32] Ya en 1847 escribía a su prometida: "El hombre se aferra a los principios mientras éstos no son puestos a prueba, porque cuando eso sucede, uno los desecha igual que el campesino sus viejas abarcas, y corre con todo el vigor que le permiten sus piernas, que para eso las tiene".[30

Defensa por la clase alta

En principio, Bismarck defendió los derechos de la corona y de la nobleza,[30] cosa natural en él si tenemos en cuenta que era miembro de la última.[33] Bismarck salto a la fama con un burdo discurso en el que atacaba decididamente la tesis -no expresada, como es lógico, con estas palabras- de que en 1813 la lucha del pueblo prusiano contra la dominación extranjera había tenido un único móvil: lograr una constitución. Semejante discurso provocó, por supuesto, una sesión tormentosa del Landtag, y evidenció, por un lado, su temperamento combativo y violento y, por otro, su calma impertubable frente a cualquier ataque.[34] Cuando, por ejemplo, se le prohibió intervenir durante algún tiempo, Bismark, sacó un periódico de su bolsillo y se puso a leerlo.[35] Pero hasta una parte de sus amigos conservadores pensaban que sus ideas suponían una simplificación errónea de los problemas objeto de discusión. Con todo, el incidente convirtió a Bismarck en el luchador por antomasia contra el liberalismo y la constitución.[35] Los discursos de Bismarck de esta época evidencian un ardor combativo y beligerante falto de argumentaciones objetivas y pronto a dar rienda suelta a su cólera contra las circunstancias entonces imperantes y contra los liberales.[34]
Semejante actitud se hizo evidente sobre todo en 1848. Los discursos de los años 1848-49 llevan emparejados su marcado belicismo y su desprecio por el enemigo. En estas épocas tempranas se echó de menos ese autodominio que Bismarck demostraría en el futuro sin abdicar de su dureza. En un debate sobre la emancipación de los judíos, Bismarck reconoció con orgullo que él había recibido aquellos prejuicios con la lecha materna.[35] Se declaraba partidario del Estado cristiano y consideraba la lucha contra los judíos -era el sentir general de la época- básicamente como una lucha confesional. Para Bismarck un judío dejaba de serlo en cuanto se convertía a uno de los credos cristianos. En el Parlamento de Erfurt le disgustó verse obligado a actuar de secretario al lado de un presidente judío (Simson),[35] que durante el mandato de Bismarck se convertiría en el primer presidente del Tribunal Supremo de Justicia del Imperio Alemán.[34]

[editar] Seguidor del Prusianismo

Durante el año revolucionario de 1848, Bismarck fue un luchador decidido en pro del prusianismo y de la monarquía.[35] Horrorizado por las muestras de debilidad del monarca, pretendió llevar una columna de campesinos armados a Berlín,[34] y cuando la reina excusó a su esposo, alegando que dormía muy poco, Bismarck contestó en tono grosero: "¡Un rey tiene que poder dormir!"[36] Bismarck, en el fondo, no era consciente de que el movimiento de 1848 estaba apoyado por sectores muy amplios ni comprendía su base nacional. Plenamente identificado con la ideología prusiano-conservadora, hablaba de la "codicia de los proletarios". Más tarde editó un poema que los oficiales prusianos cantarían en Potsdam con motivo de los sucesos del 21 de marzo.[35] Los versos más importantes, que sin duda reflejaban los sentimientos del propio Bismarck, decían así:
Y entonces un grito partió el corazón:
No seréis ya prusianos, seréis alemanes [...]
Termina aquí, Zollern, tu historia gloriosa,
Aquí cayó un rey, pero no en la contienda.
Fragmento de un poema de Otto von Bismarck.[37]
El rey juzgó la actitud de Bismarck en aquello días con las siguientes palabras: "Debe usarse únicamente cuando la bayoneta campe por sus respetos".[38] Después de la revolución, Bismarck ingresó en la "camarilla" creada por los hermanos Gerlach.[38] Le decepcionó no resultar elegido para la Asamblea Nacional Prusiana. A comienzos de 1849 se convirtió en miembro de la segunda Cámara del Landtag prusiano, reelegido en varias ocasiones, y posteriormente también del Parlamento Erfurt.[39] En esta época, Bismarck pronunció su famoso discurso sobre el Tratado de Olmütz, que constituitía el punto culminante de su actividad parlamentaria.[39] Por entonces intentaba por todos los medios a su alcance defender el poder de la corona y los privilegios de la nobleza. Participó en la fundación del Kreuzzeitung ("Diario de la cruz") y en la asamblea constituyente de la "Asociación para la defensa de la propiedad y para el fomento del bienestar de las clases populares",[39] considerada por el pueblo, no sin motivo, como el parlamento de los Junkers.[40] Los problemas de la política interior acaparaban por entones todo el interés de Bismarck. La cuestión alemana sólo cobró importancia para él cuando la elección del emperador en Fráncfort la convirtió en un asunto más de la política prusiana.
Bismarck dirigió con decisión y firmeza sus ataques contra cualquier tentativa liberal o democrática. Pensaba que la opinión del pueblo, base del movimiento de 1848, había sido más o menos dirigida. Cada uno había entendido por pueblo lo que le "convenía", por regla general una agrupación de individuos adictos a la propia opinión. Su desprecio hacia el pueblo no le impidió un intento de manipular o dirigir la opinión pública. Bismarck escribió a su hermanos pidiéndole le enviase a Berlín adhesiones, "muchas adhesiones de particulares, aunque cada una de ellas sea firmada por unas pocas personas, y a ser posible de cada ciudad; no importa que estén firmadas por una sola persona, porque en este caso no se darán a conocer. Sopla, herrero, y ganarás dinero".[40] Defensor a ultranza de los derechos de la nobleza terrateniente, Bismarck enjuiciaba la política fiscal como una especie de confiscación; llamaba a las elecciones de una lotería y criticaba con extrema dureza cualquier asomo de parlamentarismo; defendió contra viento y marea la ejecución de Blum.[39] Por otro lado, reiteradas declaraciones de esta época revelan que Bismarck no tenía en muy alta estima el talento político de sus iguales de la nobleza. Prusia carecía de la clase social que hacía política en Inglaterra. Al igual que otros muchos nobles, Bismarck dirigió sus ataques contra el absolutismo y contra la opinión manifestada por Federico Guillermo I: "Concibo el poder comme un rocher de bronze".[39]
Creía que la revolución saldría del funcionariado y de la clase media pretendidamente culta de las grandes ciudades. Atacaba con energía incansable la codicia de las capas sociales más bajas y pensaba que el constitucionalismo era la fórmula más cara. Combatía el matrimonio civil. Todas estas ideas evidenciaban una indudable influencia de Stahl,[41] cuyas teorías sobre el Derecho público habían causado una impresión muy honda en Federico Guillermo IV.

Primera sesión de la Asamblea Nacional Alemana en la Paulskirche. Su presidente era el barón Heinrich von Gagern, Litografía, 1848.
Su actitud en política interior determinó también en gran medida la posición de Bismarck con respecto a los planes alemanes de la Asamblea Nacional de Fráncfort. No la combatió, como con frecuencua se ha afirmado, porque rechazase sus concepciones sobre política interior. Bismarck, hombre de ideología prusiana y conservadora, no deseaba en absoluto que por entonces se solucionase la cuestión alemana. En los tiempos más bajos del poder prusiano hay ciertas manifestaciones de Bismarck en las que resuenan ecos de una política nacional. Pero dichas apreciaciones desaparecerán cuando la posterior evolución le permita a Bismarck cifrar de nuevo sus esperanzas en Prusia. Bismarck pretendía exclusivamente situar a Prusia a la altura de las grandes potencias, mientras que en política interior dedicaba todas sus energías a combatir la revolución. En su opinión, los planes de la Paulskirche apuntaba contra Prusia, intentando minar su posición y su base política.
El verdadero interés por la cuestión alemana se despertará cuando la elección de emperador en Fráncfort provoque diferencias en Berlín. Por entonces, Bismarck, como oposición a la "patraña alemana", solía referirse una y otra vez a su acendrado prusianismo."¡Prusianos somos, y pusianos queremos seguir siendo!",[42] exclamó en cierta ocasión. Bismarck tampoco enjuiciaba desde una perspectiva nacionalista la suerte de Schleswig y Holstein, que tan profundas preocupaciones suscitaba en los ambientes político. para él, la lucha de los habitantes de Scheswig y Holstein significaba una sublevación contra su legítimo señor, el rey de Dinamarca.[43]
Bismarck se oponía tajantemente a que el rey de Prusia aceptase su elección como emperador decidida por la Asamblea Nacional de Fráncfort. Además desconfiaba de las instituciones oficiales, que se habían dejado impresionar por la tramoya de la Paulskirche. En abril de 1849 opinaba que Prusia debía seguir siendo Prusia, ya que así estaría en condiciones de dar leyes a Alemania, dando a sus palabras un tono y un acento nuevos: "Si le preguntáis a cualquiera que hable alemán por la unidad alemana, os responderá que la desea; pero a mí, con esta constitución, no me parece en absoluto deseable".[43] En realidad, Bismarck sólo pretendía que reinara la armonía y la concordia entre los distintos Estados alemanes y rechazaba de plano cualquier política unificadora que limitara el poder y la autonomía de Prusia.[43]
Así lo demuestra con especial claridad la oposición de Bismarck a la política de unificación que llevó a cabo el fallido intento de conseguir, gracias al gobierno prusiano, los objetivos en los que había fracasado la Asamblea Nacional de Fráncfort.[43] Bismarck combatió al cabecilla de dicha tendencia unificadora (Joseph von Radowitz) con todos los medisoa a su alcance y lo convirtió en blanco de sus burlas. Bismarck, que defendía el nacionalismo prusiano como un factor específico, temía que la monarquía prusiana desapareciera en la "hedionda agitación revolucionaria que estaba sumiendo en el caos al sur de Alemania".[43] Bismarck aún no había oído cantar a ningún soldado alemán ¿Was ist des Deutschen Vaterland? ("¿Qué es de la patria alemana?").[43] Y cuando un diputado liberal lo calificó de hijo pródigo de Alemania, Bismarck respondió: "Mi casa paterna es Prusia, y yo ni la he abandonado ni la abandonaré jamás".[44] Poco tiempo antes había afirmado que había que hablar al sentido común del hombre prusiano, no a los corazones alemanes, enfocando así la cuestión desde la perspectiva de la individualidad de Prusia y de belicismo en política interior, suponen la más dura crítica a las aspiraciones alemanas de su tiempo.[44] Por entonces Bismarck no tenía aún conciencia de que la política prusiana era tan poco realista como la de los liberales. Él quería establecer una unión íntima con Rusia, animado -como los Gerlach- en su fuero interno por la convicción de la solidaridad conservadora de las grandes monarquías.[43]
A decir verdad, ya en 1849 hay una serie de indicios que dejan de traslucir la superación por parte de Bismarck de sus rígidas ataduras a la política interior. En una carta dirigida a su esposa afirmaba que la cuestión alemana se resolvería por medio de la diplomacia o de las armas;[45] en uno de sus discursos opinó que Federico II el Grande no había fomentado la unificación política, sino "el rasgo más destacado del nacionalismo prusiano: el militarismo".[45]
Él sabía que hoy, al igual que en los días de nuestros padrers, el sonido de la trompeta, invitando a los prusianos a alistarse en los ejércitos de su soberano, conserva todos sus atractivos para los oídos de las gentes de Prusia, ya que se trata de defender las propias fronteras o de buscar gloria y la grandeza de Prusia.
Federico, tras haber roto con Fráncfort, pudo haber elegido unirse a su antiguo aliado, Austria, y asumir así el brillante papel que desempeñó el emperador de Rusia, es decir, aniquilar, aliado con Austria, al enemigo común, la revolución. También habría podido, con el mismo derecho que ocupó Silesia, imponer a los alemanes, después de rechazar la corona imperial que se le ofreció en Fráncfort, una determinada constitución, aun a riesgo de desequilibrar con su espada el fiel de la balanza. Esto habría sido una política nacional prusiana, que habría dado a Prusia (en el primer caso en colaboración con Austria, y en el segundo por sí misma) el rango necesario para conseguir para Alemania la autoridad que merece en Europa. Estas palabras preludiaban sin sombra de duda el planteamiento político de problemas que predominarían luego en los años cincuenta. En el mismo discurso llegó a afirmar que el "águila prusiana" debía extender sus "alas protectoras y dominar el espacio desde el Niemen inferior hasta las Donnersberge". Estas palabras constituyen el primer indicio de que Bismarck aspiraba a la hegemonía de Prusia en el norte de Alemania.[46] Pero en conjunto, la posición de Bismarck no se diferenciaba con nitidez de la que mantenían sus amigos más íntimos (Leopold von Gerlach sobre todo): éstos no querían restingirse exclusivamente al gran rey prusiano y se esforzaban por evitar una lucha con Austria en interés de los objetivos comunes de política interior de ambas potencias.
A este respecto, Bismarck defendió, el 3 de diciembre de 1850, el tratado preliminar de Olmütz (firmado el mes anterior),[46] por el cual Prusia renunciaba a su política de unificación y llegaba a un acuerdo con Austria, cediendo a las presiones de Rusia. El hecho supuso una seria derrota para la política prusiana. A pesar de todo, Bismarck defendió con habilidad y brillantez el acuerdo en el famoso discurso pronunciado ante la segunda Cámara, de lo que quizá se puede deducir no era plenamente consciente de que, desde una perspectiva imperialista, tal suceso significaba una derrota para el Estado prusiano. Más tarde se justificaría aduciendo que en aquella época el ejército prusiano no estaba en condiciones de afrontar una guerra. Sin embargo, la verdadera razón de la actitud de Bismarck fue muy otra: por entonces estaba absorbido e influenciado por plasmar la solidaridad en política interior contra "la democracia negra, roja y oro", y dedicó todos sus esfuerzos a mantener la paz.[46] La destitución de Radowitz le lleno de júbilo. En las cartas que escribía a su esposa comparaba la patraña alemana y la cólera hacia Austria. Creía que la paz también le interesaba a "nuestro partido". Los ejércitos conservadores no debían aniquilarse entre sí; según él, no era honorable "condenar con la palabra el camino de la revolución y, sin embargo, seguirlo en la práctica".[46] Prusia y Austria, en pie de igualdad, debían reconciliarse entre sí a expensas de los estados más pequeños.
A pesar de las poderosas ataduras que la política interior le imponía a su concepción de la política exterior, el discurso contiene formulaciones divergentes con las teorías sobre política exterior de sus amigos conservadores:
La única base sana de un gran Estado -que marca demás diferencias esenciales con los estados menores- es el egoísmo estatal y no el romanticismo; no es, por tanto, digno de un Estado poderoso luchar por una causa distinta a sus propios intereses.[47]
Para un estadista es muy fácil llamar a la guerra, pronunciar discursos enardecidos y "confiar al mosquetero, que se desangra sobre la nieve, la obtención o no de la victoria y la gloria para su sistema. Sí, nada más fácil para el estadista, pero ¡ay de aquel que en estos tiempos no halle motivos plausibles para emprender una guerra".[48] Bismarck se oponía a la calificación de Austria como país extranjero,[48] y de hecho llamaba a su monarca heredero de una larga serie de emperadores alemanes.
Extraña modestia la que nos obliga a no considerar a Austria una potencia alemana. La única razón que se me ocurre es que Austria tiene suerte de dominar zonas extranjeras que en la antigüedad fueron sometidas por las armas alemanas.[49]
Esta declaración de Bismarck se ha interpretado, erróneamente, en sentido pangermanista;[50] sin embargo, su concepción estaba en clara oposición a la situación entonces imperante: Austria era un Estado cuyo rasgo fundamental no era el estar habitada por población alemana, sino su carácter de gran potencia que había blandido a menudo y con éxito la espada alemana.[48]
Esta serie de ideas, sin embargo, permanecían aún englobadas dentro de la espinosa cuestión de la política interior. El honor prusiano pasaba por rehusar cualquier tipo de unión contra natura con la democracia. Austria y Prusia eran las dos potencias protectoras, con iguales derechos, de Alemania. Bismarck todavía creía por entonces en la auténtica igualdad de ambas potencias y estaba dispuesto a conseguirla de facto a costa de los estados alemanes más pequeños.[48] Cuando poco después fue nombrado embajador del Parlamento de Fráncfort, acudió allí considerándose amigo de Austria. Ya en 1849 había arrendado su patrimonio familiar y ya se había trasladado a Berlín. Así pues, al llegar la tormentosa época revolucionaria, Bismarck había renunciado a su profesión de hidalgo campesino.[48]

[editar] Embajador en Fráncfort, San Petersburgo y París (1851 – 1862)

[editar] Bundestag en Fráncfort


El Palacio de Thurn und Taxis en Fráncfort del Meno, sede del Bundestag donde Bismarck participó durante su vista a Fráncfort, lugar donde también tuvo muchas "críticas problemáticas" que harían más tarde que se retirara del lugar y viajara a San Petersburgo.[51]
En 1851 Bismarck se convirtió en embajador ante la Dieta de Fráncfort;[51] en ese momento era el cargo más relevante de la diplomacia prusiana, y así lo reconoció el mismo Bismarck. El nombramiento de una persona carente de preparación en el terreno diplomático para ocupar semejante puesto constituía un hecho extraordinario.[B] La propuesta había partido de Leopold von Gerlach, que veía en Bismarck el eterno luchador contrarrevolucionario aliado con Austria. Bismarck marchó a Fráncfort, según sus propias palabras, en estado de "virginidad política".[51]
Durante los primeros momentos, sus ideas sobre política interior permanecieron invariables con respecto a las que había mantenido en la época de 1848.[51] Hasta 1852 siguió perteneciendo a la segunda Cámara prusiana, y en ella desarrolló una lucha radical y muy personal. Ese mismo año una discusión política con el destacado liberal Von Vincke desembocó incluso en un duelo sin consecuencias. Como en el pasado, Bismarck se declaraba partidario de los Junkers[C] y criticaba el sistema constitucional; es más: en una ocasión llegó a decir que el pueblo prusiano haría volver al redil de la obediencia a las grandes ciudades, "aunque para ello tuviera que borrarlas del mapa".[51] Estas palabras le valieron el calificativo de "aniquilador de ciudades".[52] Por otro lado, condenaba sin cesar el absolutismo, equiparándolo a la burocracia liberal. Al recibir su nombramiento de embajador en Fráncfort, Bismarck llegó a burlarse de sí mismo afirmando: "Mi conversión en consejero privado es una ironía con la que Dios me castiga por haber hablado mal de los consejeros privados".[51]

El príncipe Klemens von Metternich, que se vio obligado a dimitir como canciller austríaco en 1848. Poco después fue visitado por Bismarck en Fráncfort como parte de su "nombramiento en el Bundestag" llegando a tomar distintos acuerdos políticos y diplomáticos como lo haría más tarde con Napoleón III. Sin embargo, algunas veces también lo hizo por motivo de aburrimiento.[53]
A su llegada a Fráncfort, Bismarck creía en la igualdad de derechos entre Austria y Prusia. Desde la época de los Hohenstaufen nunca había gozado Alemania de tanto prestigio. Pero este juicio no tardaría en modificarse, a consecuencia de la asistencia a las sesiones del Bundestag: en él las discusiones versaban sobre temas intrascendentes, y Bismarck hablaba de la charlanatería y presunción de sus inteligentísimos miembros, que todo lo reducían a agua de borrajas; criticaba la vida social de Fráncfort, la afición desmedida de los diplomáticos por el baile y los rasgos burgueses de la sociedad de aquella ciudad. Bismarck se veía obligado a bailar el rigodón con las esposas de sus proveedores, pero al menos "la gentileza de tales damas me hacía olvidar la amargura por las desorbitadas facturas y malos géneros que me proporcionaban sus maridos".[53] Era el típico orgullo del Junker frente a la sociedad burguesa de una antigua ciudad imperial carente de nobleza cortesana. A pesar de todo, al principio Bismarck se sentía muy a gusto, hasta el punto de confesar a Gerlach en una carta que "en Fráncfort vivía como Dios".[54]
El problema fundamental para el nuevo embajador lo constituyó la actitud a adoptar frente a Austria, fruto en buena parte del representante de Prusia ante el Bundestag.[54] Antes de 1848, Austria había evitado vencer por la fuerza de los votos a la segunda gran potencia alemana, a pesar de que durante la época de Metternich la superioridad de Austria era, en este terreno, indiscutible. Al iniciarse su estancia en Fráncfort del Meno, Bismarck había visitado al ex canciller Metternich en su palacio de Johannisberg;[54] al parecer, ambos estadistas se entendieron a las mil maravillas. Metternich censuraba también la actitud de su sucesor, Schwarzenberg, que recalcaba la supremacía austríaca. A partir de 1848, tras la elección del emperador, los políticos austríacos veían en Prusia a un rival y deseaban relegarla a un segundo plano. Bismarck pronto alzó su voz contra el desconsiderado gobierno de la mayoría, que acabaría por arruinar la Confederación. Se daba cuenta de que, contrariamente a sus propias ideas, Austria no tenía intención de reconocer la igualdad de derechos de Prusia, de modo que el primer objetivo de Bismarck en Fráncfort se centró en batallar por la igualdad, utilizando todos los medios a su alcance.[55] A raíz de este comportamiento el embajador ruso comparó la actuación de Bismarck con la de los estudiantes. Para sus colegas, la rudeza de métodos del joven embajador prusiano evidenciaba una falta de auténtica educación diplomática. Bismarck abogó por la igualdad ante el ministro plenipotenciario de Austria conde Thun, en ocasiones empleando medios visiblemente drásticos.
En el fondo, el motor de la actividad de Bismarck en el Bundestag fue la lucha por la igualdad y no la preparación del terreno para dirimir la hegemonía en Alemania. A finales de noviembre, las diferencias entre Thun y Bismarck se habían ahondado, y el segundo informaba a Berlín:
Thun hablaba y hablaba dejando traslucir su fanatismo pangermanista; yo aducía que la existencia de Prusia, y más después de la reforma, era un factum ciertamente fastidioso, pero también inmodificable; argumenté que teníamos que partir de hechos y no de ideales, y le rogué que meditara si los resultados que Prusia iba a alcanzar por caminos tortuoso podrían compensar las ventajas de la alianza prusiana; porque una Prusia que -con su propias palabras- "renunciaba a la herencia de Federico el Grande", para entregarse de lleno a su verdadero destino providencial de chambelán del imperio, no perjudicaría en Europa, y antes de aconsejar yo a mi país una política semejante, la cuestión tendría que dirimirse por la fuerzas de las armas.[55]
Thun comparó a Prusia con un hombre al que le hubiera tocado el primer premio de la lotería y pretendiese que el acontecimiento se repitiese cada año. Bismarck respondió que si así pensaba Viena, Prusia tendría que volver a jugar a la lotería.[55] Fue ésta la primera vez que Bismarck barajó la posibilidad de una confrontación con Austria, pese a ser consciente de que reinando Federico Guillermo IV esa política era descabellada. Quizá lo que más le molestó de las palabras de Thun fue advertir que escondían, en el fondo, una gran verdad. En años posteriores aplicaría a veces a Prusia la cita de Goethe: "Hemos venido a menos sin apenas darnos cuenta".[56]
En aquella época, Bismarck ni quiso ni contribuyó a la ruptura con Austria. La postura de dicha nación se debía, según él, a su propia situación interna. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que la federación era un simple freno para la política prusiana y en consecuencia comenzó a recomendar una política de independencia. En una carta a su hermana escribía que el famoso lied de Heine:
O Bund, du Hund, du bist nicht gesund![56] ¡Ay! Confederación, perra, estás enferma!
Pronto se convertiría por decisión unánime de los alemanes en himno nacional. Bismarck pensaba que las exigencias prusianas debían ser satisfechas mediante pactos individuales "dentro del ámbito geográfico que la naturaleza nos ha destinado".[56] A Gerlach le informó de las diferencias con Austria, "gracias a las cuales tarde o temprano se irá a pique el carro de la Confederación, en el cual el caballo prusiano tira hacia adelante mientras el austríaco lo hace hacia atrás".[56] En este sentido, Bismarck obró con absoluta coherencia: al negociar los derechos de la prensa, consiguió que no se persiguieran los ataque a la estabilidad de la Federación. Con marcada ironía llegó a afirmar que esas circunstancias a la prensa libre le entusiasmaban. Bismarck criticaba con dureza el egoísmo político de los Estados alemanes que perseguían una política alemana, buscando en realidad su propio interés.[57] Más tarde, siendo canciller del imperio, se comportaría de modo similar y hablaría del abuso de la palabra de Europa por parte de las grandes potencias.[56] Bismarck fue siempre un abierto partidario de defender los intereses del propio Estado, pero también es verdad que presupuso en los demás la misma actitud.
Durante su estancia en Fráncfort, Bismarck desplegó una frenética actividad informativa, que abarca desde escritos oficiales hasta citas privadas. Con toda seguridad no debió de ser un oponente fácil para los austríacos, y por los informes de éstos se sabe que sus manifestaciones no siempre coincidían en el tono con las informaciones que, como embajador, enviaba a sus superiores. La postura de Bismarck era muy sincera y veraz,[58] pero ya entonces desconcertaba a sus interlocutores precisamente por su expresiva franqueza. El estadista inglés Disraeli avisó en cierta ocasión: "cuidado con ese hombre, porque quiere poner en cierta práctica lo que dice".[56] El propio Bismarck se quejó una vez de lo dificultoso que resultaba convercer a los austríacos de la falsedad de la teoría (basada en tradiciones ya obsoletas) de la mentira como factor consustancial a la diplomacia.

Grabado de la Guerra de Crimea, entre el Imperio ruso dirigido por los Romanov y la alianza del Reino Unido, Francia, el Imperio otomano (al que apoyaban para evitar su hundimiento y el excesivo crecimiento de Rusia) y el Reino de Piamonte y Cerdeña, que se desarrolló entre 1853 a 1856. Éste conflicto para Bismarck despertó una gran preocupación ya que no quería que Alemania, y sobre todo, Prusia, cargaran ninguna acción que se lamentaría el país contra el Imperio Ruso.[59]
Durante su etapa de Fráncfort, Bismarck sabía que su marcado "prusianismo" no hallaría eco alguno en Federico Gullermo IV, así como que tampoco sería ministro durante su reinado. Posteriormente diría que dicho monarca le había exigido una obediencia ciega: "Veía en mí un huevo que él mismo había puesto y que empollaba, de modo que a la hora de las diferencias, pensaba siempre que el huevo quería ser más listo que la gallina".[60] En otro pasaje escribe: "¡Ay!¡Ojalá pudiera uno obrar según su libre albedrío! Sin embargo, heme aquí malgastando mis fuerzas a las órdenes de un señor al que sólo cabe obedecer acudiendo a la religión".[59] Este estado de ánimo explica también por las preocupaciones que suscitaba en Bismarck la política prusiana durante la guerra de Crimea.[59] Bismarck abogó con firmeza para que su país no emprendiera acción alguna contra Rusia:
Me produciría una profunda inquietud que, ante la posible tormenta, buscásemos protección acoplando nuestra hermosa y marinera fragata al viejo y carcomido esquifre de Austria. Nosotros somos mejores nadadores que ellos y además un aliado muy deseable para cualquiera.[59]
Las grandes crisis generaban la borrasca que impulsaba el auge de Prusia.
Durante la guerra de Crimea, los representantes de los Estados centrales en el Bundestag coincidían con la política emprendida por Bismarck de no dejarse arrastrar por Austria a un conflicto. De cualquier forma, en Bismarck esta perspectiva confluía con su deseo de desvincularse de Rusia y Austria, que antes de la guerra de Crimea socavaban la posición de Prusia. Bismarck esperaba una agudización de la oposición entre Austria y Rusia, hecho que constituía un requisito previo para que Bismarck lograra los éxitos políticos en la fase de creación del imperio. Ya que durante la guerra de Crimea trabajó con todas sus fuerzas para que Prusia no se enfrentara con Rusia.[59]
Dentro de ese contexto, Bismarck no se cansaba de atacar el blando romanticismo político de Federico Guillermo IV, al mismo tiempo que acentuaba su oposición a los gobernantes austríacos de su tiempo.[59] Cuando al finalizar el conflicto de Crimea, Prusia no fue invitada a la Conferencia de París, Bismarck montó en cólera y comparó su estado de ánimo con el de la primavera de 1848.[59] Poco después avisó en un amplio informe de que Austria era el único estado ante el que Prusia podría sufrir una derrota o una victoria duraderas.[D]

Carlos Luis Napoleón Bonaparte (París, 20 de abril de 1808Inglaterra, 9 de enero de 1873), también conocido como Napoleón III, mantuvo contacto con el estadista Bismarck durante la estancia de éste en Fráncfort viajando a París. Bismarck se entrevistó más de dos veces con el monarca francés manteniendo contacto político y diplomático en Francia. Esto provocó el enojo de Gerlach lo que condujo a una disputa sobre las directrices políticas que determinarían la situación interna. Aún así, Bismarck mantuvo su punto de vista neutral sobre Napoleón III argumentando que era más anodino y banal de lo que el mundo pensaba, contrario a lo que Gerlach suponía.[61] [62]
En realidad Bismarck no deseaba por entonces provocar guerra alguna, sobre todo porque sabía que eso era imposible reinando Federico Guillermo IV. No obstante, era plenamente consciente de que alguna vez habría que afrontar ese combate generado por los problemas del dualismo alemán, y por eso las palabras de Bismarck[63] no hablan de la desaparición de la regulación del dualismo alemán, al contrario que otras interpretaciones erróneas. En una carta dirigida a su amigo Gerlach, Bismarck exige una delimitación de las esferas de influencia en Alemania con una línea de demarcación geográfica o política.[61] Así al menos una guerra como la de los siete años aclararía las relaciones entre Prusia y Austria.
La Austria amiga había devenido en el incondicional enemigo Habsburgo, por lo que se estaba perdiendo la esperanza de que la situación cambiara con una política interior austríaca distinta. Prusia seguiría siendo siempre lo "suficientemente poderosa como para dejarle a Austria la libertad de movimientos que ambiciona. Nuestra política no tiene otro campo de maniobras que Alemania[...] Nosotros nos quitamos el uno al otro de la boca el aire que respiramos, uno tiene que retroceder, ya sea voluntariamente u obligado por otro".[61] De todos modos, estas palabras no quieren decir que Bismarck se aventurara por el camino que iniciaría más tarde, en 1866. La expresión del dualismo milenario, vaga e imprecisa y retrotraída demasiado atrás en el tiempo, emana del contraste entre la Alemania del norte y la del sur, entre la protestante y la católica. Bismarck no pretendía eliminar el dualismo, sino poner en hora el reloj del progreso.[62] A este respecto, Bismarck era consciente de que la Alemania del norte era una zona de influencia de Prusia. Esta nación no estaba todavía fijada, y así lo demostraba una simple ojeada al mapa. En esta situación, Bismarck pensó incluso en establecer contactos políticos con la Francia de Napoleón III. Otras potencias creían que Prusia y Francia no podrían converger jamás, y esto debilitaba la posición de Prusia. Bismarck visitó dos veces París desde Fráncfort para entrevistarse con Napoleón, y tuvo la impresión -justa por lo demás- de que el sobrino del gran Napoleón era más anodino y banal de lo que el mundo suponía.[61] [62]
Los contactos de Bismarck con Napoleón provocaron una famosa disputa con Gerlach sobre unas directrices políticas determinadas por la situación interna. Para Gerlach, Napoleón representaba el fermento revolucionario y en consecuencia cualquier tipo de negociación con él suponía una acción diabólica. Al revés que su amigo Bismarck, Gerlach pensaba que las convicciones sobre política interior carecían de relevancia en el campo de la política exterior. De Francia únicamente le interesaba su reacción frente a Prusia.
Por lo que a personas y potencias extranjeras concierne, yo no puedo justificar las simpatías o antipatías, ni admito las de los demás, porque no me lo permite el sentido del deber en el servicio exterior de mi país. De ahí arranca el embrión de la infidelidad hacia el señor o el país al que se sirve.
Gerlach[64]
Gerlach se defendía así de la acusación bonapartista. Él era prusiano y en política exterior su ideal se basaba en una absoluta carencia de prejuicios, en la independencia a la hora de enjuiciar la aversión o predilección por Estados extranjeros. Napoleón no era el representante exclusivo de la revolución, pues por doquier surgían individuos que hundían firmemente sus raíces en el sustrato revolucionario.
Muchas de las concepciones que usted menciona en su carta están ya periclitadas, y sin embargo nos hemos acostumbrado a ellas; el hecho no debe maravillarnos, al igual que tampoco nos maravilla esa serie de prodigios durante las veinticuatro horas del día; debemos impedir, en consecuencia, la aplicación del concepto de "prodigio" a fenómenos que en sí no son más asombrosos que el nacimiento y la vida cotidiana del hombre.
Bismarck[65]
Con esta argumentación Bismarck rompe con la ideología en el fondo determinista de su amigo Gerlach y, por ende, con la del monarca prusiano: "Debemos gobernar ateniéndonos a la realidad y no a la ficción".[65] [E] En su transcurso, Bismarck no abjuró de su concepción del mundo monárquico-conservadora y protestante, aunque se negó en redondo a cimentar en ella una política exterior muy limitada en el plano teórico.[62] [65] Sus ideas sobre la política exterior sufrieron una evolución -no siempre tenida en cuenta- que por entonces se imponía ya por toda Europa. Hasta Rusia abandonó la política de principios que había desembocado en su alianza con Austria.

Anton von Prokesch-Osten (10 de diciembre de 1795 en Graz, † 26 de octubre de 1876 en Viena) fue uno de los grandes rivales de Bismarck, Prokesch reafirmó lo dicho por Rechberg de que Bismarck nunca estaba dispuesto a someterse en los dictados más altos del gobierno conservador: "A un ángel que bajase del cielo le impediría el paso si no portara una escarapela prusiana; sin embargo, y muy a su pesar, le tendería la mano al mismo diablo si éste fuese capaz de procurar un pueblo alemán al Estado prusiano".[65]
Bismarck no abrigó, en ningún momento de la disputa, la intención de romper con Gerlach,[65] y de hecho en una de sus cartas le confesaba que estaba dispuesto a transigir y reparar la injusticia, si le demostraba que su posición era equivocada.[62] [F] Gerlach opinaba, sin embargo, que el talante abierto de su oponente era pura retórica; el comportamiento de Bismarck en Fráncfort y sus consejos a Berlín adquirían paulatinamente tintes más enérgicos;[65] llegó a rechazar de manera tajante una convergencia tácita con Austria. Un representante de esta última potencia calificó una de sus conversaciones con Bismarck con los adjetivos "miserable y apenas creíble".[65] El conde Rechberg, interlocutor austríaco de Bismarck, afirmaba en 1862:
Si el señor Bismarck fuera ducho en las lides diplomáticas, sería uno de los grandes estadistas de Alemania, si no el primero; es valiente, firme, ambicioso, fogoso, pero incapaz de sacrificar sus ideas preconcebidas, sus prejuicios o sus ideas partidarias a cualquier principio de orden superior; carece por completo de mentalidad política práctica. Él es un hombre de partido en el más estricto sentido de la palabra.[62]
Rechberg ya no se recataba en afirmar que Bismarck no parecía dispuesto a someterse a los dictados superiores de una política gubernamental conservadora: Prokesch, otro de los oponentes de Bismarck lo reafirmaría más adelante, en Fráncfort, con mayor contundencia. Prokesch, por tanto, percibía con claridad meridiana la esencia prusiana, el prusianismo subyacente a la actitud de Bismarck, cosa que este último nunca negó; criticó además con dureza el engaño mutuo de la gente merced a la "mentira sistematiza" que facultaba a cualquiera para hablar de sacrificarse en pro de Alemania en vez de reconocer la persecución del propio interés.
Al concluir la guerra de Crimea, Austria quedó bastante aislada en el exterior. La Santa Alianza -y así lo constató Bismarck con aire satisfecho- había muerto.[66] De todos modos, dos hechos coartaban la libertad de acción de Prusia: la enfermedad del rey Federico Guillermo IV y el no establecimiento de la regencia hasta 1858, que proporcionaría al futuro rey Guillermo la libertad de acción política. La nueva orientación, que en principio abrigaba el príncipe regente, restó a Bismarck apoyos en Berlín.[66] El regente habló del futuro canciller con escasa simpatía, y su esposa Augusta lo odiaba desde 1848. El programa de las conquistas morales de Prusia en Alemania estaba en franca oposición al tono utilizado por Bismrck en Fráncfort. A pesar de todo, este último intentó ejercer una constante influencia en Berlín para conseguir sus objetivos políticos,[62] [66] y entre otros asuntos insitió en que Prusia, si mostraba una actitud liberal, podría fijarse metas tan amplias que Austria sería incapaz de aceptar; no obstante, se guardaría muy mucho de provocar a Prusia con métodos propagandísticos liberalizadores para ganarse así las simpatías nacionales de Alemania.[62] A Prusia no le costaría grandes esfuerzos neutralizar a Austria en este terreno.

La Santa Alianza fue una unión realizada entre el emperador Francisco I de Austria, el rey Federico Guillermo III de Prusia, y el zar Alejandro I de Rusia el 26 de septiembre de 1815. Aunque se trataba de un acto de naturaleza política, con el caudillismo, el contenido del pacto era fundamentalmente religioso. Los tres monarcas declararon su firme resolución de utilizar como única regla de su gobierno, tanto en asuntos internos como externos, los principios de la religión cristiana: justicia, amor y paz. Como consecuencia, los gobernantes declararon su mutua fraternidad, por medio de la cual, no solamente se apoyarían entre sí, sino que se abstendrían de guerrear, y guiarían sus asuntos y sus ejércitos en la misma forma. Sin embargo, tras la guerra de Crimea, según palabras de Bismarck, la alianza desapareció.[66]
A finales de marzo de 1858, Bismarck presentó al príncipe Guillermo un extenso memorándum conocido como el "Librito del señor Bismarck",[66] que no debió de impresionar demasiado al regente, en el improbable caso de que llegara a leer sus prolijos argumentos. El memorándum revelaba con especial claridad la concisión expresiva de Bismarck, su aptitud para las metáforas y comparaciones certeras y su estilo depurado.[62] Para Bismarck, la identificación entre el Bundestag y Alemania era una pura ficción:
Los intereses de Prusia coinciden por entero con los de la mayoría de los países pertenecientes a la Confederación, excepto Austria, y no con los de los gobiernos de dichos países, y nada más alemán que el desarrollo de los intereses particulares de Prusia bien entendidos.[66]
Exigía la independencia de la política prusiana y aventuró la idea de utilizar las instituciones liberales en favor de Prusia y contra Austria y la Confederación.[62] En marzo de 1859 afirmó, en el curso de una conversación, que el pueblo alemán era el mejor aliado de Prusia;[66] Bismarck quería negociar con los estados alemanes al margen de la Confederación, igual que ocurrió otrora con la Unión Aduanera Alemana.[67] Más tarde exigió al primer ministro de Prusia que expusiera a la luz del sol, para que la gente conociera, las plantas del invernadero de la política de la Confederación; manifestó incluso que hasta en la cuestión de Schleswig-Holstein cabría adoptar una actitud más acorde con la idiosincrasia nacional.[67]
Dado que el regente pretendía una política de buenas relaciones con Austria, tales sugerencias cayeron en saco roto en Berlín. Desde la formación del gabinete de la nueva era la posición de Bismarck en Berlín se había debilitado. Su comportamiento en Fráncfort le había granjeado el odio de los políticos austríacos y de los Estados centrales. Su táctica chocaba frontalmente con el intento regente de efectuar conquistas morales en Alemania. Por entonces, Bismarck no gozaba prácticamente de ninguna simpatía entre los representantes de los demás Estados alemanes. Al fin, la influencia de la diplomacia austríaca logró el traslado del incómodo embajador ante el Bundestag, hecho que Bismarck juzgó una derrota de su propia política.[62] [68] A pesar de que se le nombraba embajador en San Petersburgo, considerado el cargo más relevante de la diplomacia prusiana, Bismarck no habló de que querían silenciarlo junto al Neva.[62] El ausnto fue, para él, una puñalada trapera;[62] de hecho el embajador austríaco en Berlín se enteró del traslado antes que el propio interesado.[68] Bismarck consideró este hecho, muy acertadamente, como una victoria de la política de Austria, pues lo arrancaba de su verdadera tarea. En la sesión de despedida de la Dieta de Fráncfort, Bismarck renunció a las habituales observaciones fraseológicas características de tales ocasiones,[62] con lo que el embajador presidencial austríaco no pudo pronunciar su proyectado discurso de despedida a Bismarck.[68]
Este, durante sus últimos días de estancia en Fráncfort , se reunió a menudo con el embajador italiano,[68] hecho que provocó una enorme inquietud ante la guerra que se avecinaba entre Austria por un lado y Francia e Italia por el otro. En mayo de 1859, Bismarck escribía al edecán del regente:
Dada la situación actual, tenemos de nuevo seguro el primer premio, si dejamos que Austria y Francia se desgasten en la guerra y luego nos encaminamos al sur con todas nuestras tropas, arrancamos los postes fronterizos y los clavamos de nuevo en el lago de Constanza o bien en la zona donde cesa el predominio del protestantismo.[68]
Según él, los habitantes de tales territorios se pondrían de buen grado al lado de Prusia antes que a favor de sus gobiernos anteriores, máxime si el regente cambiaba la denominación de reino de Prusia por el de reino de Alemania. En este aspecto Bismarck subvaloraba las fuerzas antagónicas de los territorios protestantes y limitaba su plan de trasladar las fronteras respetando el sur católico.[62] [68] Si Baviera resultaba un pez demasiado gordo para ese anzuelo, podía dejársela salir. En resumen: en aquella época, Bismarck, al igual que Ferdinand Lassalle, deseaba aprovechar la guerra entre Francia y Austria como arma arrojadiza contra la potencia de los Habsburgo.[62] Anteriormente, Bismarck ya había dejado dicho que las grandes crisis generaban el clima propicio para que Prusia emprendiera una política expansionista.[68] A pesar de todo, Bismarck, de haber dirigido los rumbos exteriores de su país, difícilmente hubiera seguido la política expuesta en esa carta privada. Por otro lado, la misiva revela sin ambages su meta final, panprusiana y protestante.[62] [69] Bismarck no aspiraba en absoluto a fijar las fronteras de un Estado alemán reducido. Incluso en 1866 la limitación del expansionismo prusiano al norte de Alemania y a la zona de predominio protestante habrían de desempeñar un papel de primera magnitud. A pesar de todo, la carta refleja fielmente la evolución de Bismarck, que de aliado de Austria pasa a ser su más enconado opositor y muestra al mismo tiempo la superación de cualquier política expancionista rígida y cerrada en sí misma.[69] La advertencia de no colocarse frente a Rusia, ya no merecía crédito en el interior. No obstante, en el plano político, la evolución personal de Bismarck se enriquecería con nuevas experiencias fuera del reducido escenario de Fráncfort del Meno , y sería consecuencia directa de su nombramiento como embajador de Prusia ante la corte de San Petersburgo.[62] [G]

[editar] Embajador en San Petersburgo

San Petersburgo durante la estancia de Otto von Bismarck
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San Petersburgo (en ruso: Санкт-Петербург, AFI: [sankt pʲɪtʲɪrˈburk], Sankt Peterburg) fue la segunda ciudad visitada por Otto von Bismarck durante su trabajo como embajador de Prusia[69] (que en ese tiempo era un cargo, para el pueblo prusiano, de alta talla).[70] [71] Durante su visita a San Petersburgo, a Bismarck, le impresionó la ciudad debido a su gran mano de obra, su sociedad, su economía, su cultura y sobre todo su milicia (durante el siglo XIX, el poder ruso era uno de los más ejemplares junto con el Reino Unido).[69] Sin embargo, durante su estancia como embajador en San Petersburgo, Bismarck estuvo en capítulos de enfermedades muy graves las cuales afectaron su salud significativamente. En marzo de 1862, por orden del rey Guillermo, Bismarck abandonó San Petersburgo y se le ordenó trasladarse en abril a París donde debería continuar su trabajo como embajador del pueblo prusiano, no obstante, más que trabajo, los meses siguientes en París fueron como vacaciones para el estadista alemán que procuraba ser Ministro de Alemania.[72]
Bismarck llegó a San Petersburgo a fines de marzo del año 1859. La ciudad en un principio le causó una impresión muy grata: "Lo único que me saca de quicio es no poder fumar por la calle".[69] [70] [H] En San Petersburgo, Bismarck fue recibido por la familia real con los brazos abiertos.[69] Una larga enfermedad interrumpió sus actividades.[70] Además permaneció fuera de dicha ciudad, concretamente en Berlín, durante casi un año esperando su nombramiento como ministro.
En los primeros meses de estancia en San Petersburgo, Bismarck, al igual que había durante la guerra de Crimea, centró todos sus esfuerzos en impedir una intervención de Prusia en favor de Austria,[69] [70] consiente de que Rusia no lo toleraría. Prusia, pensaba, no era lo bastante rica como para agotar sus recursos en guerras "que en nada nos benefician".[62] [70] Hablaba también de la posibilidad de aprovechar la situación creada para desgajarse de la Confederación:
A mi entender, las relaciones de Prusia con la Confederación constituyen una lacra para nuestro país, que tarde o temprano tendremos que curar ferro et igni, si no aprovechamos la estación propicia para emprender el tratamiento oportuno.[69]
Bismarck predicaba el apartamiento del Bundestag, dominado por Austria y los Estados centrales, pero por otro lado aceptaba con resignación la política exterior de su país[70] :
Seguiremos siendo una tabla a la deriva surcando nuestras propias aguas, empujada de un lado a otro por vientos extranjeros, y ¡Qué vientos!: mezquinos y hediondos.[73]
En aquella época, Bismarck se defendía de los continuos ataques que le dirigía la prensa,[73] recriminándole su mezquina concepción de la política exterior. A él, sin embargo, le parecía honroso ser temido por los enemigos de Prusia,[62] y rechazaba el reproche que le hacían de querer entregar a los franceses la orilla izquierda del Rin.[70] En una última polémica con Leopold von Gerlach, Bismarck justificó su juicio sobre Napoleón III, aduciendo que no se le debía conceder demasiada importancia. para él, la política prusiana debía atender a criterios de pragmatismo político.[62] Cierto que no deseaba una alianza con Francia, pero tampoco había que desechar esa posibilidad, "pues no se puede jugar al ajedrez cuando a uno le han prohibido de antemano 16 de las 64 casillas".[73] Creía útil para la política prusiana la creación de un Estado italiano, sustentando así una opinión antagónica a la de sus amigos conservadores. En diciembre de 1860 escribía al ministro:
Por lo que respecta a la política interior de mi país, soy, por convicción y por pragmatismo, amén de por costumbre, tan conservador como me permite mi monarca y dueño y señor, y sería capaz de ir hasta la Vendée incluso por un rey con cuya política estuviese en desacuerdo; pero sólo por mi rey. Sin embargo, en lo concerniente a las relaciones con los demás países, yo no reconozco compromiso alguno basado en los principios; yo contemplo su política únicamente a la luz de la utilidad que tiene para mi país.[74]
En septiembre de 1861, Bismarck criticó la visión negativista que ofrecía el programa político del partido conservador,[75] pues se limitaba a decir qué no era lo que no quería. En su opinión,[62] la idea de solidaridad entre los intereses conservadores constituía una peligrosa ficción; atacó la "patraña de la soberanía" de los príncipoes alemanes y defendió ciertas instituciones comunes.[75] "Además, no entiendo por qué retrocedemos como comadrejas ante la idea de que exista una representación popular, ya sea en el seno de la Confederación, o en un Parlamento de la Unión Aduanera".[75] Con esta idea de la representación popular, Bismarck pretendía atemorizar a los gobiernos de los restantes Estados alemanes y al mismo tiempo confluir con esa poderosa corriente de la época que fomentaba los sentimientos nacionalistas.[75] Fue él el primero en expresar la idea de unificar Alemania,[75] excluyendo a Austria, y esbozó un intento de solución del problema con la ayuda de una Asamblea Nacional.[75] [I] Bismarck, por tanto, pensaba en que Prusia podría negociar con los restantes Estados al margen y aun en contra de los deseos de la Dieta de Fráncfort.
Mientras en la época de la revolución Bismarck recalcaba su acentuado prusianismo, ahora, en sus formulaciones, se identifican el interés de Alemania y el de Prusia. Ya en el verano de 1860 afirmaba:
El caso es que a la larga sólo tenemos un punto de apoyo seguro [...] el vigor nacionalista del pueblo alemán, y así será mientras éste considere al ejército prusiano su paladín y su esperanza de futuro y no vea que entramos en guerra para favorecer a otras dinastías que las de los Hohenzollern.[75]
En marzo de 1861 manifestó que la monarquía de los Habsburgo debía trasladar su centro de gravedad a Hungría.[70]
Todos estos proyectos e insinuaciones políticas surgieron en un momento histórico en que Prusia tenía dificultades crecientes en el interior. El conflicto constitucional prendió con la cuestión de la reforma del ejército, de la que el regente había hecho un asunto personal. Von Roon, ministro de guerra y contrario a los liberales en la nueva era, defendió el nombramiento de Bismarck como ministro.[75] El regente, no obstante, se resistía a dar ese paso, pues recelaba de Bismarck: "Me consideraba más fanático de lo que era en realidad".[75] Además, por entonces, Bismarck, pese a su ideología conservadora, se había propuesto, en aras de la política alemana, no agudizar la oposición a los liberales y tenía sus dudas sobre la oportunidad del deseo del rey de recibir en Königsberg el juramento de fidelidad,[76] idea que horrorizaba a los liberales. Bismarck pensaba que la corona sólo podría evitar los conflictos internos propiciando una evolución de la política exterior.
La falta de experiencia política ha contribuido poderosamente a la tendencia actual de examinar con lupa los asuntos más nimios: desde hace catorce años hemos inculcado a la nación el gusto por la política, pero no hemos satisfecho su apetito y ahora busca alimentos en las alcantarillas. Somos casi tan frívolos como los franceses; estamos convencidos de nuestro prestigio en el exterior, y sin embargo toleramos muchísimas cosas en el interior.[76]
Bismarck recomendaba con ahínco una política exterior más independiente cada día de simpatías dinásticas.[76] La oposición de la Cámara baja a la reforma militar desaparecía de un plumazo si el monarca dejaba entrever qué utilizaría el ejército para apoyar la política de unificación nacional. Este análisis captaba muy acertadamente la actitud de la Dieta; por otro lado, Bismarck deseaba actuar con contundencia contra los diputados de la oposición.[76] En una carta a Roon vaticinaba que su nombramiento no tardaría en demostrar que el rey estaba muy lejos de darse por vencido.
Quizás entonces al pasar revista el minsitro a un batallón preparado para la lucha produzca una impresión que es impensable en la actualidad; es más: si antes se da la matraca con ruido de sables y rumores de golpes de estado, mi vieja reputación brutal e irreflexivo me ayudará y to el mundo pensará "Caramba, ya ha empezado el jaleo". Entonces no cabe duda de que el resto de los Estados se avendrán a negociar.[76] [J]
En marzo de 1862 Bismarck recibió la orden de abandonar San petersburgo. No obstante, el rey Guillermo no estaba aún decidido del todo a nombrarle ministro.[76]

[editar] Embajador en París

En abril de 1862 se trasladó a París como embajador de Prusia y allí permaneció hasta septiembre de ese mismo año.[76] Estos meses fueron más bien unas vacaciones, pues Bismarck no tuvo demasiado trabajo.[76] Aprovechando su visita a la Exposición Internacional de Londres, entró en contacto con destacadas personalidades de la vida inglesa.[76] Al marchar a la capital francesa, Bismarck se fue solo, pues deducía de una observación de su rey que su nombramiento ministerial estaba al caer. Acuciado por la impaciencia, escribiía una carta tras otra a su patria, sobre todo a Roon, urgiéndole para que se tomara la decisión que esperaba. A su mujer, sin embargo, que no deseaba en absoluto que se le nombrase ministro, le confiaba que de llegar al cargo, duraría en él muy pocos meses.[77] En aquellos años, Bismarck no ambicionaba el cargo de ministro, y de hecho insistió en varias ocasiones en que prefería la embajada, puesto que le parecía un paraíso en comparación con el enloquecedor trabajo ministerial: "No obstante, si me apuntan con una pistola pidiéndome que responda sí o no, tendría la sensación de cometer cobardía si en la situación actual, tan intrincada y difícil, respondiera con un "no".[77] En París, la provisionalidad de la situación le desazonaba. Deseaba asumir sus responsabilidades, pero también era consciente de las dificultades que entrañaba su cometido y había decidido que sólo aceptaría el cargo de primer ministro contando con el apoyo incondicional del rey.[77]
Desde su estancia en San Petersburgo, su estado de salud le causaba serias preocupaciones.[77] En la época de Fráncfort se quejaba de que su existencia transcurría entre el despacho y las recepciones. "A menudo me invade una sensación de profunda nostalgia cuando después de finalizar el trabajo oficial, cabalgo, solitario, por el bosque y recuerdo la tranquilidad bucólica de mi vida pasada".[77] A pesar de todo, en Fráncfort, no se resintió su salud. Su labor en el Bundestag le dejaba tiempo suficiente para montar a caballo y para nadar.[77] En 1859, sin embargo, contrajo una grave enfermedad; durante largo tiempo padeció sus secuelas, lamentándose por no restablecerse completamente. A principios de 1862 -año en que fue nombrado primer ministro[77] - decía: "Tres años atrás hubiera sido un ministro aceptable, pero hoy me veo como un artista de la equitación enfermo y obligado a seguir con sus saltos".[77] [K]
Bismarck explicó entonces que tenía un temor reverencial a inmiscuirse en las negociaciones sobre su futuro.[77] Era al muy típico en él: estaba dividido en su interior y jugaba siempre con varias posibilidades en orden a su destino tanto personal como político. Bismarck mantuvo siempre la opinión de que ni siquiera un gran estadista podía configurar la historia.[77] Enjuiciaba con resginación sus propios actos y la situación de su país.[78] En noviembre de 1858 acariciaba la idea de retirarse a los "cañones de Schönhausen", es decir, renunciar a la actividad política.[77] En los tiempos de la nueva era la situación de su patria le desesperaba:
Pero Dios, que puede preservar y aniquilar a Prusia y al mundo, sabe por qué las cosas tienen que ser así, de manera que no deseamos exasperarnos con el país que nos ha visto nacer ni con su gobierno, por cuya iluminación rezamos[...] ¡SEA LO QUE DIOS QUIERA!, pues todo es cuestión de tiempo, los pueblos y los hombres, la necedad y la sabiduría, la paz y la guerra, que van y vienen como las olas mientras el mar permanece. A los ojos de Dios, ¿Qué son las naciones y su poder y su gloria sino hormigueros y colmenas que aplasta la pezuña de un buey o alcanza la habilidad disfrazada de apicultor?[79] [L]
A pesar de sus ansias por servir a su país, Bismarck , a quien de entre las múltiples condecoraciones sólo impresionaba la medalla de salvamento, carecía de cualquier ambición o vanidad externa. Siempre fue de la opinión de que el individuo no podía forjar el destino: "Sólo nos queda esperar hasta oír los ecos del paso de Dios a través de los acontecimientos, y luego echar a correr hacia delante para asir la punta de su túnica".[79]
Dentro del análisis global de Bismarck se debe considerar también su estrecha vinculación con la naturaleza, su amor hacia las plantas y su alegría ante cualquier paisaje hermosos. La infinidad de descripciones paisajísitcas que pueblan su correspondencia demuestran su extraordinaria fuerza expresiva.[79] Los informes de Bismarck revelan a su autor como uno de los mejores prosistas en lengua alemana del siglo XIX.[79] Fue también un buen padre de familia, amoroso y comprensivo con sus hijos; a su mujer intentó siempre consolarla por las obligaciones oficiales inherentes a su cargo, que para ella, con toda seguridad, no debía de ser nada agradable. Johanna esperó de muy mala gana la posibilidad de que su esposos se convirtiera en ministro.[79] De hecho, Bismarck comunicó a su esposa su nombramiento cuando ésta ya debía de saberlo: "Te habrás enterado de nuestra desgracia en los periódicos".[79] Por otra parte, semanas atrás Bismarck había convenido con Roon una clave para que el primero regresara a Berlín al llegar la hora decisiva.[79] Sin embargo, un viaje de vacaciones a Biarriz le hizo olvidar por completo la política.[79] En dicha localidad pasó unos días inolvidables en compañía del diplomático ruso príncipe Orlov y su joven esposa.[80] En carta a su hermana, Bismarck reconocía haberse enamorado un poco de la "bonita princesa":[80] "Tú sabes que esto me pasa en ocasiones, sin que haga daño a Johanna".[80] A su esposa le escribió diciéndole que las vaciones habían acabado por restablecerle del todo.[79] Al igual que en el pasado había hecho en Aquisgrán, Bismarck prolongó de motu proprio su permiso y se olvidó del correo y de la prensa.[79] A su regreso a París encontró un telegrama de Roon con la clave convenida:
Periculum in mora, dépêchez-vous.[79] El retraso es peligroso, date prisa.

[editar] Causas al nombramiento como ministro

A la vista del rumbo que había tomado el conflicto consitucional, el rey se vio metido en un aprieto. De haber exisitido otra solución, Guillermo I no había nombrado a Bismarck primer ministro. Las reflexiones históricas posteriores nos han hecho olvidar a menudo que en el momento del nombramiento todo parecía indicar que el poderío de la corona prusia, lejos de ascender, declinaba. Desde la muerte de Federico el Grande, ningún gran rey había ocupado el trono de Prusia. La simpatía que desprende la sencilla personalidad de Guillermo I no debió encubrir el hecho de que como regente y como monarca había llevado a Prusia a un callejón sin salida.[81] Quiso abdicar, pues la ideología de sus ministros no le permitía continuar la política que parecía preescribirle su conciencia. Si Federico Guillermo, príncipe heredero que accedió al trono imperial herido de muerte, hubiera aprovechado entonces la oportunidad, Bismarck no habría sido nombrado ministro y la historia prusiana y alemana hubiera sido muy distinta.[81] La negativa del príncipe heredero a aceptar en septiembre de 1862 la proyectada abdicación de su padre, se debió en primer lugar a consideraciones humanitarias, aunque quizá le influyera también la sensación de tener que afrontar una tarea irresoluble.
El plan de abdicación del monarca generó, para Bismarck, una situación nueva. La abdicación, al menos en un principio, habría significado una victoria de los liberales, cosa que Bismarck y su amigo Roon estaban dispuestos a evitar a todo trance.[82] Al llegar a Berlín, su nombramiento no estaba ni muchísimo menos decidido. En una entrevista efectuada en el castillo de Babelsberg entre Guillermo y Bismarck, el rey discutió minuciosamente con su interlocutor la situación desesperada, y al final acabó convencido y de acuerdo con Bismarck en que había que adoptar medidas enérgicas contra la Cámara de Diputados.[82] Le nombró primer ministro porque no quedaba otra opción. Bismarck se comprometió a poner en práctica la reforma militar aún con la oposición de la mayoría de la Cámara de Diputados. En el curso de la entrevista, Bismarck prometió solemnemente al monarca fidelidad absoluta e incondicional,[83] rindiéndole casi vasallaje igual que en épocas pretéritas, pero al mismo tiempo le sugirió la destrucción del borrador de programa que había formulado por escrito.[83]

[editar] Nombramiento como Ministro

El 23 de septiembre de 1862, Bismarck fue nombrado ministro y presidente en funciones del Consejo de Ministros;[83] el 8 de octubre tuvo lugar el nombramiento definito y firme.[83] El rey se deshizo en disculpas con su esposa por haber nombrado para el cargo a su mortal enemigo: "Después de orar y analizar cuidadosamente el asunto, he tomado al fin esa decisión",[83] escribió a la reina Augusta.
En esos días, nadie era capaz de imaginar ni por lo más remoto que semejante nombramiento iniciaba una colaboración de casi tres décadas entre el monarca y su nuevo primer ministro. Tampoco cabía suponer que ese hombre, al que el pueblo tachaba de Junker por su comportamiento durante el año 1848, conseguiría en un plazo relativamente corto la unificación de Alemania.[84] Al principio, la impresión generalizada era que el gabinete Bismarck no duraría demasiado, y él mismo lo creía así a tenor de la carta antes aludida que escribió a su esposa.[84] Todo el mundo temía un gobierno al margen de las instituciones estatales, un predomino de los sables, guerras en el exterior y un decadentismo ruinoso siguiendo las huellas del anciano Federico Heinrich von Treitschke escribió en esa época que "se gobernaba dando muestras de una consumada frivolidad".[84] A esto se le debe añadir la oposición a la política exterior de sus amigos conservadores y hasta del rey. El éxito de la espinosa cuestión de Schleswig y Holstein en 1864 pareció convencer a la mayoría de que el gabinete Bismarck estaba lejos de ser un mero episodio. De cualquier modo, los diplomáticos extranjeros no tardaron en darse cuenta de que el entonces embajador de Prusia en Fráncfort del Meno era un hombre con grandes dotes políticas.

[editar] El conflicto constitucional (1862 – 1864)

[editar] Posesión del "timón prusiano"


Otto von Bismarck en 1889.
Bismarck tomó el timón de Prusia en una época muy comprometida, tanto en el interior como en el exterior. Nada más lejos de su ánimo que agudizar las disputas en torno al conflicto constitucional, y así lo recalcó una y otra vez en las primeras semanas del mandato; con los diputados utilizó palabras amables, y como símbolo de reconciliación presentó la rama de olivo que Katharina Orlov le había entregado al despedirse en Aviñón.[85] Su gesto no halló ningún eco, pues todos creían que era partidario de una política basada en la violencia.[85] Sus palabras, que ofrecían la posibilidad de llegar a un acuerdo, apenas lograron impresionar a los diputados, pues los dos partidos partían de planteamientos ideológicos radicalmente distintos. Nadie creía que estuviera a favor de la existencia de un Parlamento en Alemania; se le reprochaba su deseo de salvar las dificultades interiores trasladándose al exterior.
La primera comparecencia de Bismarck ante los diputados de la Comisión de Presupuestos no contribuyó precisamente a causar una buena impresión. Hablo de reconciliación, pero también afirmó que el problema jurídico planteado podría convertirse en una cuestión de poder; Alemania no tenía puestos los ojos en el liberalismo prusiano, sino en su poderío:
Las fronteras de Prusia fijadas por el Tratado de Viena no favorecen un desarrollo sano del Estado; los grandes problemas de la época no se resolverán con discursos y decisiones tomadas por mayoría —éste fue el tremendo error de 1848 y 1849—, sino con el hierro y la sangre.[85]

[editar] Fuentes

[editar] Notas

A.-   Bismarck tuvo una gran cantidad de seudónimos entre los que destacan el "Canciller de Hierro" y el "Aniquilador de Ciudades".
B.-   Tomando como base un comentario;[¿por quién?] se puede llegar al objetivo de la vida de Bismarck: "Si hoy le pregunta usted a un inglés de a pie: ¿Qué piensa usted de Bismarck?, y si él sabe algo le responderá: Ah, ya, Bismarck, el hombre de la sangre y el hierro. Y continuaría: Sí, Bismarck fue un político realista; inció ese desgraciado camino que conduce de Bismarck a Hitler. Hizo tres grandes guerras en Europa. Sólo creía en el ejército prusiano; luchó, además, a favor de su clase, los junkers prusianos. Fue un auténtico conservador. Se opuso a todas las fuerzas progresistas europeas. Nosotros, los historiadores, tenemos ahora una visión de Bismarck radicalmente distinta. Ya no creemos en esa categorización simplista de idealista y político realista. Todos los políticos tiene que ser realistas si quieren tener éxito. Nosotros consideramos que Bismarck deseó la paz para sí mismo, para su país y también para Europa. Su ideal supremo era la paz. Sólo tras la guerra franco-prusiana consiguió lo que pretendía, y , en mi opinión, dio a Europa una gran época de paz. Cuarenta años de paz; esa fue, en realidad, su magnífica obra".[cita requerida]
C.-   Los Junkers, en Alemania, eran famosos nobles terratenientes, poseedores de un vasto territorio y de mucho dinero.
D.-   Con respecto a esto, se puede apreciar en una nota hecha por Bismarck:
El dualismo alemán, desde hace un milenio en ciertas ocasiones, pero desde Carlos V cada siglo, ha regulado metódicamente las relaciones entre las partes por medio de guerras interiores radicales; en nuestro tiempo, también es éste el único método para poner en su hora justa el reloj del progreso.
E.-   Esta polémica se ha calificado como la victoria de la política realista de Bismarck, expresión que a menudo ha propiciado interpretaciones erróneas.
F.-   Como en sus tiempos, Bismarck solía escribir gran cantidad de cartas en las que, la mayoría, trataban de disculpas o invitaciones o incluso de sus pensamientos.
G.-   No debemos olvidar que, a pesar de su actitud belicosa contra Austria, Bismarck no pretendía en modo alguno una guerra con aquel país, ni siquiera al finalizar su etapa de Fráncfort. Su objetivo permaneció siempre inalterable: situar en su hora correcta el reloj del dualismo alemán, no eliminarlo. No obstante, en ocasiones conceptuaba a Austria como un país extranjero, mientras por otro lado abrigaba la esperanza de que las experiencias de la guerra con Francia obligaran a Austria a practicar una política más sincera con respecto a Prusia.
H.-   Por entonces, fumar en la calle se consideraba, incluso fuera de Rusia, un signo de abrigar sentimientos revolucionarios.
I.-   Bismarck tenía una única forma de pensar con respecto a esta idea y la citaba así:
Más esperanzador es el empeño de conseguir, con los métodos que propiciaron el nacimiento de la Unión Aduanera, la concretización de otras instituciones nacionales.
J.-   A decir, verdad, las cosas no eran para tanto, y desde luego Bismarck tampoco pensaba actuar con la dureza que expresaban las líneas arriba citadas.
K.-   Estas palabras nos demuestran que la afirmación de Schlözer -"soñaba día y noche con la cartera ministerial"- no refleja más que un aspecto del problema.
L.-   Lógicamente, estos sentimientos anímicos son fruto del momento, pero también son típicos de Bismarck, ya que formaban parte de su ser lo mismo que su compatividad y su intolerancia.